Apuntes sobre Luis de Santangel - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Apuntes sobre Luis de Santangel

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Apuntes sobre Luis de Santangel


Protector de Cristóbal Colón,
y su importancia en el descubrimiento de América


Por: José Brito. Tenerife, Esp.

Sin lugar a dudas, una de las grandes epopeyas de la edad moderna fue el descubrimiento de América. Hasta la fecha, mucho se ha especulado y fabulado acerca de la importancia que tuvo el capital hebreo en la realización de tan magna obra.


El año de 1.492, marca doblemente los anales de la historia de España: por una parte, se expulsa a los judíos, y, de otra, se descubre América. Ambas circunstancias, aunque de índole diferente, están, no sabría decir porqué extraños avatares del destino, íntimamente relacionadas entre sí, ya que fue un descendiente de judíos quien, al estar el tesoro real totalmente exhausto debido, principalmente, a la guerra de Granada, proveyó los fondos necesarios para que Colón pudiera hacerse a la mar por rutas hasta ese momento desconocidas, y llegase a su destino final: las islas del Nuevo Continente.

Muy posiblemente, si no hubiera sido por los especialísimos momentos históricos que le tocó vivir, Luis de Santangel, escribano de ración de Fernando V de Aragón, habría sido un personaje anónimo, un converso más o menos importante entre los muchos de que se rodeó el Católico rey.
Remontándonos en el tiempo y en la Genealogía, decir que el apellido judaico de los Santangel era el de Chinillo, uno de los más antiguos del reino de Aragón, hallándose el mismo muy diseminado por ciudades y villas aragonesas. Precisamente, en una de estas villas, exactamente la de Calatayud, es donde se asentarían los ascendientes directos del que, andando el tiempo, se convertiría en uno de los hombres más acaudalados y con más influencia política del reino.
A fines del siglo XIV, la rama bilbilitana (gentilicio de los naturales de Calatayud) de los Chinillo, se hallaba representada por don Noé Chinillo, del comercio, y padre de, al menos, cinco retoños. Uno de éstos, exactamente el llamado Azarías, habiendo abjurado de sus creencias hebraicas, se había hecho bautizar, imponiéndosele, seguidamente, los nombres y apellido de Luis de Sant Angel Santangel. A modo de curiosidad, indicar que a los conversos de judío, en el momento de ser bautizados, se les imponía por apellido el nombre de algún santo, aunque, también, algunos recibían el apellido de su padrino de bautismo.
Siguiendo la tradición familiar, el recién convertido Azarías se dedicó a los negocios. Así, en 1.415, lo encontramos en Híjar y Daroca en calidad de drapero, es decir, comerciante en paños. Pero las inclinaciones del ahora Luis de Santangel, tomarían pronto otros derroteros. Al ser hombre muy leído y de sólida cultura, terminaría, años después, los estudios de Derecho, de forma que en el año de 1.431 se encontraba en Zaragoza ejerciendo de jurista y de juez árbitro. Su condición de judío converso no fue, en absoluto, obstáculo para que llegase a alcanzar el codiciado y honorífico cargo de lugarteniente del Justicia mayor.
Por lo que se puede deducir de la documentación estudiada, la conversión de Azarías le trajo no pocos problemas conyugales. Cuando decidió convertirse al cristianismo, allá por 1.413, se encontraba casado con una hebrea tan contumaz en su fe, que ni el ejemplo de su marido logró separarla de sus creencias judaicas. Como bien se comprenderá, tal disparidad de conceptos religiosos plantearía, con toda seguridad, un hondo conflicto entre la pareja, que no sabemos, a ciencia cierta, como se arregló ya que hay dos versiones de los hechos: la primera, nos indica que después de muerta su esposa, contrajo un nuevo matrimonio con una cristiana vieja llamada María Ximenez Cit. La otra versión nos dice que, debido al pleito religioso-conyugal entre la pareja, el matrimonio se disolvió, casándose, seguidamente, la ahora ex-mujer del converso Azarías con un judío de la noble familia aragonesa de la Caballería, aunque, de acuerdo al erudito don Manuel Serrano y Sanz esta segunda hipótesis es altamente discutible.
El nombre de Luis, impuesto al converso Azarías el día de su bautismo, fue para sus descendientes algo sagrado: el jefe de familia debía ostentar tal nombre, circunstancia ésta que ha dificultado, en gran medida, investigaciones efectuadas posteriormente relativas al famoso escribano de ración y en realidad, la persona que nos interesa.
En la familia de los Santangel hubo personajes para todos los gustos: desde un Luis de Santangel que conspiró para asesinar al inquisidor Pedro de Arbués, quien, por cierto, tras largo proceso fue decapitado y seguidamente quemado, hasta un Pedro de Santangel que llegó a ocupar la sede episcopal de la isla de Mallorca, pasando por un tal fray Martín de Santangel, monje dominico, quien ejerció, durante bastantes años, el cargo de inquisidor general de la Corona de Aragón.
De todos ellos, quien dio verdadera fama y nombradía a esta notable familia de conversos fue, sin duda alguna, aquél a quien la historia considera, por derecho propio, el centro histórico de toda una saga: Luis de Santangel, escribano de ración de los Reyes Católicos.
De acuerdo a la documentación estudiada, el padre de nuestro célebre personaje, también de nombre Luis, había nacido en Calatayud, desde donde, con el correr del tiempo, se trasladaría a la ciudad de Valencia. Allí nacerían sus dos hijos, el bojor, a quien se le impondría el nombre de familia, es decir Luis; y otro tenido posteriormente a quien llamaron Jaime.
Que Luis de Santangel, padre, era un hombre acaudalado nos lo demuestra el hecho de que en 1.469 firmaba un documento de capitulaciones con Juan II para el arrendamiento de las aduanas de Valencia. Para tener derecho a tal prebenda era necesario, en primer lugar, estar fuertemente protegido y/o «recomendado» por alguien perteneciente al selecto círculo del monarca y, seguidamente, tener un formidable respaldo económico. Ambas cosas poseía la familia Santangel.
Por lo que parece, Luis de Santangel -continuamos hablando del padre- dejó al morir una cuantiosa fortuna de la que fue heredero universal su hijo primogénito, a quien, como hemos visto y siempre siguiendo la tradición familiar, también se le
En su inmensa mayoría, todos los que han investigado acerca de los  orígenes de Luis Santangel coinciden en que era aragonés, lo cual no es rigurosamente cierto ya que el mismo, en los diversos documentos que firmaría a lo largo de su vida, declaraba que era natural de la ciutat de Valencia, a donde, como hemos expresado anteriormente, se trasladó su padre. Lo que sí resulta innegable, es que procedía de judíos aragoneses convertidos al cristianismo a comienzos del siglo XV.
Luis de Santangel, creció en un ambiente poco cultivado intelectualmente, su padre solamente fue un hombre muy afortunado en los negocios sin mayores inquietudes artísticas o literarias. Quizás por esa razón, tanto Luis como su hermano Jaime, desdeñaron los libros y se dedicaron, supervisados por su padre, al engrandecimiento del patrimonio familiar.
Siguiendo la pista del futuro escribano de ración, vemos que en el mes de agosto de 1.475, se encontraba residiendo en la ciudad de Barcelona, donde dirigía los negocios que su padre tenía en la ciudad condal. En 1.478, el «mazal» de Luis de Santangel -que anterior a esta fecha no había sido, precisamente, «preto»- comenzó a brillar de manera esplendorosa: en dicho año, exactamente, el 13 de septiembre de 1.481, es nombrado por Fernando V, el Católico monarca, escribano de ración con todos los derechos, tanto honoríficos como pecuniarios, que tal cargo conllevaba.
Mucho se ha escrito y discutido en relación a las atribuciones que semejante posición llevaba aparejadas. Para algunos, la figura del escribano de ración era algo así como una especie de superministro de Hacienda que tenía, necesariamente, que estar presente en cualquier tipo de transacción económica que se hiciera en nombre de los monarcas.
En realidad, el cargo variaba según se encontrara el reino en período de guerra o de paz, en caso de lo primero, las competencias del escribano se ampliaban, aunque no con exceso. De todos modos, es necesario decir que dicha posición, aunque importante, era más modesta de lo que muchos historiadores han fantaseado.
Una de las atribuciones que a mí, personalmente, más me ha llamado la atención es la obligación que tenía el escribano de ración de anotar en un libro especial los nombres de aquellas personas que comían en palacio (siempre que no fuese a la mesa de los reyes) a efectos de evitar los clásicos «aprovechados» que querían comer a costa de los monarcas. La Ordenanza de la época dice así:
«Tenga también cuidado y miramiento en hacer asentar por el orden que conviene todos los que comen en nuestro palacio, de manera que cada uno tenga su lugar conforme a su estado. Y si alguno que no debiera se asentase a comer, mande a los porteros que le echen».
De todos es bien sabida la fría acogida que tuvo el proyecto de Colón cuando éste lo presentó a los Reyes Católicos. Estos, al principio, casi lo tacharon de iluso y poco crédito prestaron a sus fantasiosas teorías. Pero no es menos cierto que Colón, sabedor de estas primeras impresiones, había buscado y cultivado la amistad de determinados personajes de la Corte de quienes, en un momento dado, podía esperar algún tipo de «merced». Entre estos personajes estaba, ¡cómo no! Luis de Santangel. De los contactos habidos entre ambos, el erudito padre Las Casas nos dice lo siguiente:
«tuvo mucha plática y conversación, porque debiera hallar en él buen acogimiento».
Mucho se ha especulado acerca de la «buena sintonía» que, desde el principio, surgió entre estos dos individuos. Para muchos, estriba en que ambos procedían del judaísmo, pero como en lo que respecta a Colón todo queda en una mera hipótesis, creo que será mejor dar a esta aseveración un nulo o escaso valor. Más real, sin embargo, me parece aquella otra que nos indica que Luis de Santangel supo ver y «oler» desde el principio el fabuloso negocio que significaban las, de momento, elucubrantes teorías del extraño marino que soñaba, según unos, con encontrar una ruta alternativa hacia las Indias orientales y, según otros, con descubrir un Nuevo Mundo y toda la inconmensurable serie de tesoros incluidos en tal epopeya. No deja de ser ésta una razón de suficiente peso como para que Luis de Santangel adelantara de su propio peculio una parte, por supuesto importante, del dinero necesario para «armar» la primera expedición del futuro Almirante de la Mar Océana.
llamó Luis.

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