Duro Viaje - Intelecto Hebreo

Son las:
04/07/2018
Vaya al Contenido

Menu Principal:

Duro Viaje

4° Lustro Rev. Foro

Duro Viaje

Por: Magdala

Viajar en coche era a menudo una dura prueba, como lo muestra esta crónica de un viaje de mediados del siglo XIX:
"Interior: atestado de viajeros... tres viejos gordos y mustios... una vieja gruñona... y un loro... una bolsa con anillas rojas... escopeta de dos cañones (que temes esté cargada)... y un perrito faldero. Un viejo asmático y un niño con viruela... las ventanas cerradas... mal olor... los zapatos empapados de agua caliente... levantas la vista y descubres que es el niño.
Un guardia desvergonzado... comidas apresuradas... abusos de los posaderos... cinco minutos y medio para comer un plato de carne vil al precio de tres peniques y medio... el camarero es un pícaro... ya se oye la voz del guardia... el tiempo justo para salir corriendo y gritar "Que estoy aquí", mientras el coche da la vuelta a la esquina... correr tras él a toda velocidad... alcanzarlo después de una milla... subirse jadeando... coger frío... dolor de garganta... inflamación... médico... baño caliente... fiebre... MORIR.
Nos da escalofrío pensar en realizar un viaje de esta naturaleza, pero veamos realmente como viajaban nuestros antepasados.
Los guardias acomodaban a los pasajeros y cargaban el equipaje. Los cuatro viajeros se instalaban en los bancos ligeramente almohadillados y los que pagaban medio billete se acomodaban en el techo, si es que quedaba espacio una vez cargadas las sacas de correo; pues el correo ofrecía un servicio bien organizado y fiable.
El equipaje se almacenaba en el compartimiento delantero -los pasajeros podían llevar tres bultos por persona. Al grito de "todo listo dentro y fuera", los mozos quitaban las mantas a los caballos y sujetaban las riendas hasta que el cochero daba la orden de partir. Las ruedas comenzaban a girar y los guardias saludaban haciendo sonar sus trompetas tres veces.
Si la noche era agradable, el gentío se congregaba para despedir a los viajeros. En la década de 1830 los seis coches de Western Mails salían de Hyde Park Comer todas las noches a las ocho y media en punto.


Los coches recorrían una distancia media de 13 ó 14 km. a la hora; con 20 minutos para desayunar y cerca de una hora para las demás comidas. Los 340 km. hasta Devonport, en la costa suroeste, se recorrían en 24 horas, cambiando de equipo 20 veces. Esto suponía un gran avance con respecto al siglo anterior, cuando se tardaban 3 días en llegar a Londres.

En cada una de las paradas de postas el personal aguardaba listo para atender a los viajeros y cambiar los caballos con la máxima velocidad y eficacia. Las posadas eran un lugar de encuentro de gentes de toda condición y quienes podían permitírselo alquilaban salones privados para almorzar o cenar. También ofrecían camas, pero a veces había que compartir habitación.
Terminado su turno, el cochero entraba en el bar público y anunciaba voz en cuello: "Caballeros, me despido de ustedes", lo que era una señal para recibir su propina. Los conductores estaban obsesionados con el tiempo y anotaban el minuto exacto de llegada y partida en un registro que se conservaba en cada estación.
En la década de 1830 el Reino Unido contaba con una buena red de carreteras. Ni siquiera en los viajes más largos los pasajeros tenían que bajarse del coche y empujar. Para viajar por la montaña, se colocaba un calzo en la rueda trasera a modo de freno. Los cocheros más expertos eran capaces de subir una doble montaña, descendiendo sin freno y con los caballos a medio galope antes de alcanzar el pie de la primera montaña y emprender el ascenso de la segunda.
El billete completo hasta Edimburgo costaba menos de 10 libras y el viaje duraba 42 horas. El viajero se gastaba otras 2 libras en comida y propinas. Viajar en coche de postas era más barato que alquilar un coche privado, que costaba unas 35 libras, pero, aun así, el precio del viaje equivalía al salario mensual de un obrero cualificado, de modo que la mayoría de la población tenía que viajar a pie.
Algunos preferían conducir ellos mismos sus coches y competir a gran velocidad. Esta moda resultaba muy peligrosa. El trayecto de 97 km. entre Londres y Brighton era famoso por sus accidentes, pero podía recorrerse en cinco horas y media.
No cabe duda que no hemos cambiado en cuanto a la irresponsabilidad al conducir, provocando -desgraciadamente en muchos casos- verdaderas tragedias.

Regreso al contenido | Regreso al menu principal