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27/09/2017
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El Islam entre el Progreso y el Estancamiento

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El Islam entre el Progreso y el Estancamiento
 
 Por: Tzila Chelminsky (Israel)
 
Una de las preguntas que surgen constantemente es:
¿qué les ha pasado a los países que profesan el Islam?,
que estuvieron en épocas anteriores a la vanguardia de la civilización.
 
En sus numerosos libros y ensayos y en una serie de conferencias en la Universidad de Tel-Aviv, el distinguido orientalista Bernard Lewis ha tratado de encontrar una respuesta al conflicto israel-palestino, que ha dejado ya de ser un problema local de lucha de dos pueblos por el mismo territorio, para convertirse en un tema relevante para la situación mundial.
Bernard Lewis es Profesor Emérito de Estudios del Medio Oriente en la Universidad de Princeton, y autor de más de dos docenas de libros, entre los que destacan Los Árabes en la Historia, Los Asesinos, El descubrimiento musulmán de Europa y del Medio Oriente: 2000 años de Historia desde el surgimiento del Cristianismo hasta el presente, y ¿Dónde hemos fallado?
Lewis destaca lo que ya sabemos. Durante muchos siglos el Islam fue la civilización más abierta, más iluminada, más creativa y más poderosa de Europa y Medio Oriente. Durante siglos el mundo del Islam se encontraba a la vanguardia de los avances y logros de la civilización. Para los islámicos, la suya era la única civilización, poliétnica, multirracial e internacional; fuera de sus fronteras habitaban sólo bárbaros e infieles. Además constituyeron el mayor poderío militar del mundo, y sus ejércitos invadían simultáneamente Europa, África, India y China.
Pero repentinamente la relación del mundo cristiano y el musulmán cambió, en gran medida debido a los conflictos internos que produjeron la fragmentación política del estado islámico. Aún antes del Renacimiento, los europeos empezaron a llevar a cabo importantes progresos en las artes y una verdadera revolución cultural. Con el advenimiento de la imprenta, avanzaron a grandes saltos, dejando muy atrás la herencia científica y tecnológica del Islam, sin que los musulmanes, se percatasen de ello. Hasta fines del siglo XVIII, solamente un libro de medicina fue traducido a un idioma del Medio Oriente: un tratado del siglo XVI sobre sífilis. El Renacimiento, la reforma religiosa y la revolución industrial y tecnológica que ocurrieron en el mundo occidental fueron virtualmente desconocidas en los países del Islam.
Lewis recurre constantemente a recalcar el hecho de que se trata de un enfrentamiento de dos civilizaciones diferentes. ¿Es una mera coincidencia que las áreas de conflictos étnicos, religiosos y políticos tengan lugar donde existe una numerosa población musulmana, como en Indonesia, Kosovo, Pakistán, Filipinas y aun en la región israelí o palestina?
En el siglo XX se volvió obvio en todos los países del Islam que las cosas habían ido mal. Comparado con su rival milenario, el mundo cristiano, el islámico se había vuelto pobre, atrasado y débil. Los esfuerzos por modernizarlo mediante reformas o revoluciones no habían logrado los resultados esperados. En el campo militar sufrieron derrotas humillantes. La búsqueda de prosperidad a través del desarrollo generó economías empobrecidas y corruptas con imprescindible ayuda externa y con la problemática dependencia de un sólo recurso: el petróleo. En el campo político quedaron tiranías que van desde las autocracias tradicionales hasta dictaduras de nuevo tipo, que son modernas sólo en sus sistemas de represión e indoctrinación. Era ya bastante humillante que los musulmanes se sintiesen débiles y pobres después de siglos de haber sido ricos y fuertes. Desde el punto de vista de parámetros de la modernidad como el desarrollo económico, la creación de fuentes de trabajo, la lucha contra el analfabetismo y los sistemas educacionales, la libertad política y el respeto a los derechos humanos, la que fue una poderosa civilización había llegado a niveles bajísimos.
¿Quién nos hizo esto?, se preguntan en el Medio Oriente. Es más fácil y más satisfactorio culpar a otros por las propias calamidades. El rol de culpable fue primero atribuido al Imperio Otomano, luego a los países coloniales como Francia e Inglaterra y recientemente a Norteamérica. Una importante contribución europea a este debate es el antisemitismo, que enseña a culpar a los judíos por todo lo que va mal: La Alemania nazi lo promovió con gran éxito. La lucha por Palestina facilitó enormemente la aceptación de la interpretación antisemita de la historia y la atribución de todos los males, en el Medio Oriente y en el mundo entero, a un secreto complot judío, tal como aparece en los Protocolos de los Sabios de Sión. Esta noción fue difundida con mucho éxito tanto por la educación como por los medios informativos en los países musulmanes.

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