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04/07/2018
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El país que Herzl soñó

Colección y Consulta
El país que Herzl soñó
 
Por Tzila Chelminsky (Israel)
 
Este año se conmemora el centenario de la muerte de Teodoro Herzl, el fundador del sionismo político fallecido el 3 de julio de 1904, por lo que resulta apropiado recordar cómo sería el país que Herzl soñó y creyó factible. Cientos de libros se han escrito sobre la personalidad misma de Herzl; sobre sus luchas, aspiraciones y logros. Pero curiosamente no se ha analizado a fondo el tipo de estado que concibió.
 
Herzl fue indiscutiblemente, el más osado de los líderes que establecieron los fundamentos del futuro Estado de Israel. En eso se distingue de sus sucesores en el movimiento sionista, como: Ajad Haam, Jaim Weizman, Zeev Jabotinsky y David Ben Gurión. Todos ellos fueron probablemente superiores desde el punto de vista intelectual, y con mayores fundamentos judíos. Pero sin embargo ninguno se enfrentó a esa fuerte revolución ideológica que llevó a Herzl a creer, al principio, que los judíos se podrían asimilar a la Europa cristiana, para llegar finalmente a la conclusión de que la esperanza del pueblo judío estribaba en el establecimiento de un estado propio.
Herzl fue un judío asimilado que se convirtió al sionismo en edad adulta. Sus obras teatrales son hoy desconocidas y sus escritos periodísticos para la «Freie Neue Presse» (uno de los periódicos de más influencia en su época), son sólo de interés para sus biógrafos. Pero su talento político fue extraordinario desde cualquier punto de vista, y en el tema del "Problema Judío" analizó la realidad con mayor claridad que cualquiera de sus contemporáneos.
En su polémico tratado «El Estado Judío», su novela «Altneuland» (Vieja Nueva Patria), en su Diario y otros escritos, Herzl trasmite la visión de una futura nación al estilo clásico, liberal y democrático, como el que se estaba desarrollando en la Europa de aquel entonces. El judaísmo constituiría el "ceremonial" oficial, pero la sociedad sería tolerante y multiétnica, un centro cosmopolita que permitiría florecer tanto la cultura internacional como la judía que se desarrollaría localmente, y ambas se influirían mutuamente. Sería pues un estado judío que reflejaría la orientación burguesa del autor, como él lo percibía desde la relativamente liberal e iluminada Viena del fin del siglo XIX.
Después de la muerte de Herzl, su visión del estado judío se ramificó en otras importantes ideologías sionistas, principalmente la socialista laboral, la religiosa y la revisionista. El movimiento más similar a los ideales herzlianos sería el de los sionistas generales, que se redujeron a una fuerza marginal durante las primeras décadas del Estado de Israel.
El relato utópico de «Altneuland» (que Najum Sokolov tradujo al hebreo con el título de «Tel-Aviv»), no es un himno de alabanza a una sociedad modelo que surgirá en el futuro. Es más bien una representación de los problemas y tensiones a que se tendrá que enfrentar la nueva sociedad, siendo la primera dificultad la posición de los árabes en la misma. En una época en que nadie en Europa y ni siquiera en el Medio Oriente conocía la existencia de un movimiento nacionalista árabe, sería exagerado pedir que Herzl enfrentara tal problemática. Fue sólo después de la Primera Guerra Mundial que el imperialismo británico dio al nacionalismo árabe sus primeros ímpetus en su lucha contra el Imperio Otomano. Pero desde el análisis de Herzl, pocos temas utópicos asumen una dimensión tan crítica.
En esa novela nos relata cómo dos personajes, un judío y un cristiano austríaco, después de haber estado alejados de la civilización por 20 años, regresan a la entonces Palestina, país que visitaron en 1902, y anclan en el puerto de Haifa. Se asombran al descubrir un país moderno, sofisticado e industrializado en lugar de la atrasada provincia otomana que recordaban de su viaje anterior. Se les dice a los visitantes que la prosperidad del país se debe a la masiva inmigración de judíos que han construido en la Tierra de Israel una "Sociedad Nueva" que es también el nombre oficial del país. La "Nueva Sociedad" emplea la tecnología más avanzada y aplica una solidaridad basada en el "mutualismo", término usado por los socialistas utópicos. Su sistema combina el capitalismo y el socialismo, el individualismo y el colectivismo. Los visitantes se sorprenden asimismo, al descubrir que los habitantes originales del país, los árabes, son socios igualitarios y tienen los mismos derechos de voto. Un árabe les relata los enormes beneficios que los judíos han traído al país y la tolerancia demostrada por los árabes hacia la inmigración judía. Acá vemos la intención de Herzl de involucrar a los residentes árabes del país, en una visión social basada en el universalismo. La visita de los personajes coincide con elecciones generales en el país, donde un fanático rabí, el Dr. Gaier, forma un partido con el fin de quitar el derecho de voto a los ciudadanos no judíos de la "Nueva Sociedad". Esto no fue escrito en el Israel de 2002, sino hace 100 años.
Al visitar Jerusalem se encuentran con una ciudad limpia, transformada en una reserva histórica de la cual han desaparecido los limosneros de todas las naciones (que tanto afectaron a Herzl en su única visita al país). Ahí se ha reconstruido el Tercer Templo, precisamente en la nueva ciudad de Jerusalem y no donde están situadas las mezquitas del Templo del Monte en la Ciudad Vieja. Con emoción describe los servicios de Shabat en el Templo, recordando el exquisito poema de Enrique Heine "La Princesa Shabat". Mucho más se podría escribir sobre «Altneuland»: otorga el derecho de voto a las mujeres (cuando ningún país europeo lo había concedido), y establece un servicio nacional obligatorio para hombres y mujeres jóvenes que prestaría servicios sociales y médicos.
«Altneuland» nos muestra un Herzl más complejo que el representado en el mito sionista y en la propaganda antisionista. Imagina un estado judío que asume en el país la presencia de árabes, que luchan por igualdad de derechos; es bastante realista para saber que el racismo puede surgir en cualquier país; es un liberal conservador que teme a las revoluciones sociales, pero ofrece una sociedad distintiva basada en la solidaridad y que reúne, tanto la iniciativa capitalista como la justicia socialista; es un individuo moderno y culto, que permite la religión en la esfera pública pero que se opone a la coerción religiosa.
El antisemitismo jugó un papel central en la filosofía sionista de Herzl. De hecho fue lo que condujo a este judío asimilado a un despertar de su identidad judía y a la mera idea de la necesidad de trasladar a los judíos de los países en que vivían como una minoría, a un lugar soberano propio. Escribió que "el mundo necesita un Estado Judío y por ello será establecido", convencido que distanciar a los judíos de la vida de las naciones en las cuales habitan resolvería el problema del antisemitismo. En este aspecto Herzl se equivocó. Se puede enfrentar mejor este fenómeno en la actualidad que en el pasado, pero no existe una cura total. Es más: el germen del antisemitismo tan profundamente arraigado en varias naciones, ha sufrido una mutación al enfrentarse con el sistema llamado Estado de Israel. Hoy en día ya no se agrede a los judíos personalmente (excepto en casos contados como en Francia o Canadá), pero se ataca a su país. En efecto, aun los ataques a los judíos como individuos derivan del hecho de que pertenecen a la Nación o Estado Judío.
El error de Herzl fue resultado de la existencia "anormal" de los judíos, que son una combinación única de religión y nacionalidad, que al mundo le cuesta trabajo entender: Si se trata de una religión, ¿para qué se necesita un territorio?, y si se trata de una nacionalidad, ¿por qué no se puede incluir a miembros de otras religiones? Hemos analizado anteriormente cómo se culpa a los judíos de todos los fenómenos que ocurren en el mundo: tanto del capitalismo internacional, como de la revolución comunista. La Prof. Dina Porat, que dirige el Instituto para el Estudio del Racismo y Antisemitismo Moderno en la Universidad de Tel-Aviv, sostiene que Herzl no se equivocó, pues no pensó que el Estado de Israel resolvería el antisemitismo. "Herzl vio el Estado Judío como un balance, una fuerza para contrarrestar el antisemitismo. Herzl no percibió en el antisemitismo el problema de la seguridad, sino la vergüenza y la humillación", y el Estado Judío sí resolvió este aspecto del antisemitismo.
Cuando Herzl emprendió su cruzada, había ya en Palestina colonias fundadas por los Jovevei Zion y apoyadas financieramente por el Barón Rotschild. Sin ese apoyo financiero, probablemente el movimiento sionista no hubiese podido prosperar. Sin embargo Rotschild no apoyó a Herzl en ninguna de sus iniciativas y le escribió que "miraba con profundo desagrado el plan del establecimiento de una colonia judía; eso sería como crear un ghetto dentro de un ghetto, con todos los prejuicios de un ghetto". Ese estado judío sería pequeño e insignificante, ortodoxo y no liberal, y alejaría a los judíos".
Herzl se entrevistó con todas las personalidades importantes de la época: desde el kaiser hasta el sultán otomano, el Papa Pío X, el rey Víctor Manuel y las autoridades británicas. Al no poder conseguir de los turcos el permiso necesario, aceptó la propuesta de Joseph Chamberlain para establecer una colonia judía en África Oriental (conocido como el Plan Uganda). Cuando presentó este plan al Congreso Sionista en 1903, se produjo un cisma en el movimiento sionista. Ante tal enfrentamiento pensó en renunciar y su salud se deterioró. Volvió a retomar el tema del sionismo criticando a los judíos rusos que tanto lo atacaron y que no pronunciaron ni una palabra de agradecimiento por sus logros.
Por lo que respecta al "Estado Judío" los estudiosos de la materia han iniciado un debate sobre si Herzl quería realmente un "Estado Judío" o un "Estado para los Judíos" Todo parece deberse a una mala traducción del alemán al hebreo, puesto que el título de su libro "Der Judenstaat" fue traducido como "El Estado de los Judíos" (Medinat Hayeudim") y debería haber sido "Medinat Hayeudit" (“El Estado Judío"). Herzl vivía aun cuando su obra fue traducida correctamente al inglés y al francés, pero al no saber hebreo, quizá esa pequeña diferencia se le escapó.
A pesar de su pesimismo con respecto a la cultura europea, Herzl no pudo ni siquiera imaginarse la posibilidad del Holocausto y la profundidad del antagonismo árabe hacia el proyecto sionista, que son elementos que, en gran medida, han configurado el carácter del Israel de 2004.
Tuvo más certezas que errores, y hoy, a pesar de la situación de seguridad y del fiero debate interno sobre el futuro de los territorios, Israel se parece cada vez más a las democracias liberales de Europa y Norteamérica, y los israelíes son "gente normal" que se está alejando cada vez más de sus raíces diaspóricas. No sería difícil imaginarnos a Herzl viviendo y paseando por las avenidas céntricas del corazón de Tel-Aviv, tomando café en alguno de los múltiples establecimientos vieneses, escribiendo para un periódico local y quizá participando en el liderazgo de algún partido político. Herzl murió hace un siglo prediciendo que "si no es en cinco, será en cincuenta años", y su profecía se cumplió, pues hoy en día, para mal o para bien, vivimos en la Israel de Herzl.
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