Hablemos de Piedras - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Hablemos de Piedras

Colección y Consulta
Hablemos de Piedras
 
Por: Becky Rubinstein
 
Para muchos hallar una piedra en el camino resulta una verdadera desgracia; para otros, tal vez resulte un asidero para no caer al vacío, una señal para no perderse en las tinieblas...
El Himno a la Victoria, entonado por David después de haber sido liberado de sus enemigos, especialmente de Saúl dice: «Oh, Yavé, Tú, mi Roca y fortaleza, mi refugio mi Dios; Tú mi Roca a quien me acojo...»
En este canto, fruto del agradecimiento, el 'Señor' de los Ejércitos, Yavé, es comparado con una Roca, Eben, Sela, Tzur, en hebreo. De los cuales se desprenden dos palabras claves: AV, que significa PADRE, y BEN, HIJO, de lo que se infiere la unión entre el padre divino y su hijo, el pueblo de Israel.
Así, pues, David agradece a la Roca -fundamento de su pueblo- el haberlo salvado de manos del enemigo, igual que lo salvó -agregamos- de los filisteos, encabezados por un gigante. La Roca en estas historias siempre será mayor que cualquier rey de esta Tierra, que cualquier gigantesco Goliat.
Y hablando de Goliat, fue una diminuta piedra, lanzada con una onda, la que venció al filisteo, protegido de pies a cabeza con una armadura, menos en la zona de los ojos. Y fue precisamente en medio de aquéllos que cayó el proyectil que echó a tierra al envalentonado enemigo. Porque la piedra, una partecilla de una gran roca, de la gran Roca o Tzur, es la que salvó de las angosturas y de los enemigos a Bnei Israel.
La Roca, literal y simbólica, puede asimismo servir de apoyo -venido del cielo- para el que duerme y su cuerpo yace muerto, mientras que su alma se eleva para unirse al alma universal, que no es más que Dios. La Biblia en la Visión de la Escalera nos dice: «Partió, pues, Jacob de Bersheva para dirigirse a Jarán. Llegados al azar a cierto lugar se dispuso a pasar allí la noche, porque ya el sol se había puesto. Tomó una de las PIEDRAS de aquel lugar, la puso por cabecera y se acostó.»
Y ocurrió que Jacob, el hijo do Abraham, tuvo un sueño: de una escalera ascendían y descendían ángeles de Yavé. Y Yavé le refrenda la Alianza que estableció con su padre, además de protección. Jacob, al despertar, dijo: «¡Ciertamente Yavé está en este lugar! No es sino la casa de Dios y la puerta del cielo». Y a ese lugar llamó Betel, Casa de Dios.
Al parecer, bastó una piedra, un trozo de roca, para unirse a Ha-Shem, y construir una ciudad, Betel donde mora Dios, apoyo y guarda. No por casualidad antes de edificar una morada -un Bait o Casa, un Bet-Medresh o Casa de Estudio, un Bet-hakvarot o Bet Jaim, Casa de los Vivos o cementerio, o un Bet-hakneset, literalmente Casa de la Comunidad o templo- se coloca la primera piedra o Even Hashtía, piedra fundamental sobre la cual se construirá en buena hora.
Posteriormente Jacob, ya en casa de Labán, su tío, quien vendría a ser su suegro por partida doble, encontró a Rajel, pastora de ovejas. Él le propone retirar el ganado y darle de beber al rebaño. Ella le contesta: «no podemos hacerlo hasta que se hayan reunido todos las rebaños y sea removida la PIEDRA; solamente entonces podremos abrevar las ovejas» (cap. 29:8)
Posteriormente Jacob, al ver llegar a Rajel con sus ovejas, «se acercó, quitó la PIEDRA de la boca del pozo y abrevó las ovejas de su tío Labán. Después Jacob besó a Rajel y rompió en llanto», (cap. 29:9)
En dicha escena casi idílica contrasta la suave y casi idílica figura de Rajel la pastora -Rajel en hebreo significa oveja- con la figura de Jacob, fuerte y formal, quien levanta una piedra, que era muy grande, y que necesitaba el concurso de muchos para levantarla, prueba de su fuerza extraordinaria y de que Dios estaba con él. Asimismo, levantar la PIEDRA del pozo vendría a ser, en términos cabalistas, retirar la Guevurá o rigor, para dar salida a la misericordia, a JESED, representada por el agua.
¿0 el destapar un pozo vendría a simbolizar el anuncio del futuro enlace entre lo femenino y lo masculino, entre el hombre y la mujer? Recordemos que Eleazar, el mensajero de Abraham, encuentra a Rebeca, futura esposa de Isaac, en una fuente (entre paréntesis de piedra) donde le ofreció agua para él y sus bestias. Esa era la señal de Dios que se cumplió al pie de la letra...
Posteriormente, Jacob, al separarse de la casa de su suegro -no en muy buenos términos, por cierto- levanta una estela de piedras, símbolo de fragmentación, independencia y respeto entre mojón y mojón, entre frontera y frontera. Y a ese lugar se le llamó Galad y separó a Labán de su yerno y también a las familias y a sus bienes.
Asimismo las Lujot o Tablas de la Ley, entregadas en pleno desierto al recién liberado pueblo de Israel del yugo egipcio, fueron de piedra y por una razón: los Aseret haDivrot o Decálogo, aunque palabras celestiales, debían grabarse en piedra, es decir, en la memoria del hombre y para siempre jamás. Además, la piedra vendría a ser la piedra fundamental de una nación que prometía adhesión a la ley de Moisés, un fardo no fácil de cargar por su grado de responsabilidad y compromiso.
De ahí, cuando el pueblo de Israel -en ausencia de su liberador- construyen un becerro de oro entregándose al paganismo y al recuerdo de las ollas repletas de carne de tierras de Egipto y las primeras Tablas de la Ley, escritas con fuego, hayan acabado hechas trizas, símil de la ruptura entre los infractores y la alianza
Más tarde en el desierto, los yehudim, quejumbrosos por falta de agua; a falta del manantial de Miriam, acuden a Moisés, quien golpea una piedra, de la cual de manera misericordiosa y dentro del ámbito del prodigio mana agua. «Vejiká Moshé et ha-Selá- se nos dice». Y precisamente de una roca, que rememora la gran Roca, vino la ayuda. Como si, por la gracia divina, un ser inanimado e inclemente mutara su esencia.
Más tarde, ya en tiempos de Josué encontramos a Benei-Israel, a los descendientes de Jacob, frente al Jordán y a punto de entrar a la Tierra Prometida tras cuarenta años de deambular por el desierto.
Y milagro de milagros: igual que en tiempos de Moisés, cuando se partió en dos el Mar Rojo, ahora las aguas del Jordán dejarían pasar en seco a los sacerdotes con el Arca de la Alianza y tras ella el pueblo de Israel. Y, «cuando todo el pueblo hubo acabado de pasar el Jordán, Yavé habló así a Josué: «Escoged doce hombres de entre el pueblo, uno por cada tribu, y dadles esta orden: Tomad de ahí, del medio del Jordán, del lugar de donde han estado los sacerdotes a pie firme, doce PIEDRAS, llevadlas con vosotros y dejadlas en el lugar donde paséis esta noche». (Josué, cap. 4:1)
Y así se hizo. Y luego, Josué erigió doce piedras en medio del Jordán, en Galgal. Y ahí habló Josué y dijo a su pueblo: «Cuando el día de mañana vuestros hijos pregunten a sus padres ¿Qué significan estas piedras?, vosotros les daréis esta explicación: Israel pasó este Jordán a pie enjuto, porque Yavé, vuestro Dios, secó las aguas del Jordán delante de nosotros hasta que pasamos, como Yavé lo había hecho en el Mar Rojo... para que todos los pueblos de la tierra conozcan el poder de la mano de Yavé, y para que vosotros temáis siempre a Yavé, vuestro Dios». (Josué 4:20)
Y precisamente doce PIEDRAS preciosas embellecían el Efod o pectoral del Sumo Sacerdote, piedras vinculadas a las tribus de Israel, a las doce constelaciones o Mazalot, ligadas a los doce meses del año, a las que se les atribuían poderes sobrenaturales: curativos y mágicos, vía de consulta profética a diferencia de otras vías irregulares, como la consulta de espíritus a través de falsos sacerdotes o pitonisas, como la de Endor, solicitada por Saúl, desesperado por el silencio de los sacerdotes sobre su futuro en batalla.
Ya en tiempos de David, a la muerte de Absalom, su hijo rebelde, el de los cabellos largos y preciosos que motivaron su muerte al quedar enganchados en una encina mientras el mulo sobre el que cabalgaba continuaba adelante. Fue entonces que Joab «tomó tres dardos y los clavó en el corazón de Absalom, que todavía estaba vivo en medio de la encina. Después se le acercaron a Absalom diez jóvenes, escuderos de Joab, golpearon a Absalom y lo remataron». (Samuel cap. 18:9)
Entonces «tomaron a Absalom y le echaron en una gran fosa en el bosque y pusieron sobre él un gran montón de PIEDRAS. Todos los israelitas habían huido, cada uno a su tienda» (cap. 18:14)
Así fue como el insurrecto de sangre real acaba su vida, sepultado sin ninguna dignidad, y sobre su cuerpo sepultado en una fosa común, un montón de piedras, una Matzeivá común y corriente además de anónima.
Y sin embargo se nos cuenta que «Absalom, cuando todavía vivía, se había erigido un monumento en el Valle del Rey, porque se decía: Yo no tengo hijos para conservar el recuerdo de mi nombre y había puesto su nombre al monumento. Todavía hoy se llama el monumento de Absalom» (cap. 18: 18)
 
CONCLUSIÓN:
Nombre y monumento: ese es el papel fundamental de la piedra: un recordatorio para las generaciones por venir, mensaje que decodificar con ánimo de pervivir más allá del olvido. Así es la PIEDRA aquí en la tierra, y más allá, en otra dimensión, la PIEDRA -Eben, Tzur o Sela- es apoyo, sostén y asidero para los mortales.
Y dos piedras diminutas han de cubrir, en su momento, nuestros ojos -para sosegar sus deseos terrenales- una Matzeivá contendrá nuestros restos y nuestros deudos colocarán una pequeña piedra en recuerdo de nuestro nombre.
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