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04/07/2018
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Hasta agotar las existencias

Colección y Consulta
Hasta agotar las existencias
 
Por: Bill Landau
 
No soy psiquiatra especializado en catástrofes humanas, pero día con día, por necesidad me convierto en psicólogo de esta especialidad emergente. Hasta hace poco cuando se producía un siniestro con muchos muertos, sólo acudían al lugar policías, rescatistas y bomberos. Los policías creaban un cordón para ahuyentar a los curiosos, los hospitales se aprestaban a recibir a los heridos; habilitándose también en un amplio local, una morgue improvisada para los cadáveres (conocidos o desconocidos) con una etiqueta colgando del dedo gordo del pie. Los familiares de las víctimas deambulaban en estado de shock de un lado al otro, tratando de conseguir información de sus allegados supuestamente victimizados. Y digo supuestamente, pues ahí se basa ese estado de shock, el no saber a ciencia cierta de la suerte de los seres queridos.

Una gran catástrofe no sólo destroza los cuerpos. Después de la policía, los bomberos y las ambulancias, ahora llegan al siniestro en Bagdad, Tel Aviv o New York, equipos de psicólogos dispuestos a recoger del suelo las almas hechas añicos. El Shock post traumático, se ha convertido en el diagnóstico, la consigna y la palabra más usada en los ámbitos profesionales y no profesionales de la actualidad.

La terapia que se aplica en estas urgencias resulta bastante sencilla y no se limitan a abrazar y a acariciar a ese padre que contempla el cuerpo destrozado de su hija; a esa mujer que en el vestíbulo del Hospital Shaarei Tzedek de Jerusalem, espera que el médico anuncie el nombre de su marido muerto. Esas caricias pretenden provocar un llanto balsámico y ofrecerse de recipiente de sus lágrimas.

Cada día que pasa se necesitaran legiones de psicólogos de esta clase, de los que no les molesta ni les duele acariciar y abrazar al prójimo doliente traumatizado y con la existencia en un hilo. El que, aunque no estuvo cuando explotó la bomba, también murió en esos momentos, o peor, tardará toda la vida en morirse junto con su esposa, esposo, hijo e hija. El martirologio de toda la vida. Ese psicoterapeuta deberá explicarle a aquel ser semimuerto o semivivo, según la óptica, porqué aun están vivos.

Todos somos víctimas cuando observamos por televisión, los degüellos, las torturas, los cuerpos reventados junto al autobús de Egged que iba a Nahariya o en la estación de Atocha madrileña. Todos acudimos al trabajo, nos tomamos una copa o hacemos el amor sin saber que en realidad estamos muertos. Sin saberlo, tal vez ya se encuentran nuestros nombres entre los desaparecidos, raptados, torturados o reventados por una bomba integrista. La esposa lo ve entrar cubierto de sangre y no obstante le sirve la sopa, ve con él las noticias donde aparece él ya en la morgue y no le pregunta absolutamente nada.

Los psicólogos de siniestros deberán comenzar por convencernos que estamos vivos, que nos invade la rabia de tanta impotencia, y que nos dejen llorar hasta desahogarnos para, tal vez, encontrar ese sentido que perdimos hoy en la mañana al explotar el artefacto en el tren en el que viajábamos al trabajo.
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