La bomba atómica y los judíos - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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La bomba atómica y los judíos

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La bomba atómica y los judíos
 
Por: Gabriel Katz (U.S.A.)
 
Antes de iniciar mi colaboración -que por mi edad, lamentablemente hace tiempo no lo hacía en Foro- deseo externar mi más profunda admiración por la magnífica unión de salvataje hacia una de las mejores revistas -si no la mejor- con que cuenta la comunidad judía de México. No cabe duda que el esfuerzo, organización y entusiasmo en esos sus primeros 16 años de existencia, comprueban que la calidad se impone mediante una negación a que algo como Foro fuera a desaparecer. Como seguramente pocos lectores recuerdan, varios de mis artículos han sido críticos-polémicos, y han causado en su tiempo algunos malestares en las más altas dirigencias de mi excomunidad mexicana: causales o motivos que nunca han sido gratuitos, pues para no perder la costumbre -según entiendo- no han existido ni siquiera manifestaciones oficiales de pesar, mucho menos de apoyo, hacia un Medio -si bien independiente- que de todas formas a ellos mismos enaltece.
Ni hablar... se sigue teniendo una magnífica comunidad
que rebasa a muchos de sus propios representantes.
 
La importancia de los físicos judeo-alemanes que se dedicaron a la investigación del átomo y sus posteriores aplicaciones, se puede constatar con las declaraciones que el Ministro de Armamento del Tercer Reich, Albert Speer efectuó ante el tribunal de criminales de guerra en Nüremberg. Al ser interrogado acerca del progreso de aquellas investigaciones en el Reich durante la guerra, observó: «Por desgracia, los dos científicos que más sabían de eso, habían salido de Alemania», refiriéndose obviamente, a Lise Meitner y Otto Frich.
Dichas investigaciones se inician a principios del Siglo XX en Inglaterra, Francia y Alemania, viéndose sus terribles resultados en 1946 cuando se destruyeron las ciudades de Hiroshima y Nagaski, que impulsó la capitulación del Japón. Difícil decisión de lanzar las dos bombas atómicas la del entonces Presidente de los Estados Unidos Harry Truman, aunque su antecesor fue el que promovió con más de 2000 millones de dólares su fabricación, pues Leo Szilard (judío húngaro, quien había trabajado con Albert Einstein), huyó en 1938 a los E.U. con conocimientos verídicos suficientes de lo que se estaba haciendo en Alemania, pidiéndole a Einstein escribiera una carta de alerta a Roosevelt.
El 2 de agosto de 1939 los científicos Szilard, Einstein y Eugene Wigner, escribieron al Presidente advirtiendo el peligro; dado el prestigio de los científicos citados, el Presidente ordenó todo un programa para vencer a Alemania en este campo, denominándolo «Proyecto Manhattan».
Considero que en gran medida los judíos salvaron al mundo, no sólo por sus conocimientos, sino por el darse cuenta de lo que Alemania en secreto estaba logrando. Si no fuese así, muchos países en la actualidad estarían hablando alemán o gritando «Heil Hitler». Uno de los mayores problemas en la construcción de la bomba, era recolectar suficiente uranio 235, para lo cual involucraron a muchos científicos, particularmente al brillante Neils Bohr. Si los alemanes hubieran sido los primeros en desarrollarla, no me quedaría la menor duda de que con esa capacidad y el poder de la fuerza aérea, los nazis hubieran bombardeado a los aliados sometiéndolos, y con ello el avasallamiento del mundo entero. Irónicamente el gran pretexto de Hitler para acabar con los judíos fue su fatal error, pues con el antisemitismo recalcitrante que desde «Mi Lucha» se dio a conocer, los científicos judíos que trabajaban sobre el uranio huyeron de Alemania, la mayor parte hacia los Estados Unidos de Norteamérica.
Esa valiosa migración científica, atrasó notoriamente los planes de los jerarcas nacionalsocialistas alemanes, aprovechando este material humano con científicos de la talla del Dr. Niels Bohr, de madre judía (hijo del ilustre fisiólogo Christian Harald Borh) o el mismo director del proyecto Manhattan, Dr. J. Robert Oppenheimer, judío quien pudo reclutar -aparte de otros norteamericanos y canadienses- a David Bohn, Leo Szilard, Edward Teller. Otto Frisch, Rudolph Peierls, Emilio Segre y Eugene Wigner, todos ellos también judíos. Fue nombrado el Dr. David Eli Lilienthal, Director del célebre Comité de Control de la Energía Atómica, quien por cierto provocó una enconada oposición de algunos legisladores estadounidenses ya que se decía que tenía «simpatías procomunistas», pero en realidad se le deseaba rechazar por su origen judío, algo que Roosevelt no permitió.
A dicho Comité de Energía Atómica también ingresaron personas judías que no eran científicos, entre ellos: Lewis Lichtenstein Strauss, quien era banquero de profesión y que se retiró exprofeso para ayudar, invitado por varios amigos físicos, que le habían advertido de la importancia del proyecto que requería una buena administración y captación de recursos financieros.
Como vemos, la carrera atómica antes y durante la Segunda Guerra Mundial fue crítica para el futuro de la humanidad, y si bien la destrucción de las dos ciudades japonesas para muchos fue reprobable, tenemos que pensar que se vivían tiempos de guerra muy difíciles y que probablemente por esa decisión de Truman, el mundo posterior a la conflagración, si bien cayó en una guerra fría con todo y su cortina de hierro, las grandes potencias tuvieron desde el principio un claro ejemplo de la destrucción que podían ocasionar. Hay que pensar que no sólo Rusia y los Estados Unidos poseen armas atómicas, existen otros que las tienen y que evitan su uso por esa terrible experiencia, aunque en la actualidad es posible que naciones como Irán o Corea del Norte -que trabajan para obtenerlas- no tengan los suficientes escrúpulos o experiencia diplomática, que pueda tentarlos en un momento dado a probar sus efectos destructivos contra países que consideran enemigos.
En nuestros tiempos el conseguir ese tipo de poderes -propios de deidades mitológicas- que pueden cambiar la misma historia de la humanidad, ya no depende de una carrera entre científicos, más bien consiste en el poder económico que tengan los países interesados y la habilidad de ocultar y mantener en secreto un juego altamente angustiante y letal.

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