La Carta de Moussali - Intelecto Hebreo

Son las:
27/09/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

La Carta de Moussali

Colección y Consulta
La Carta de Moussali 
 
Por: André
 
SR. DIRECTOR:
Durante los 17 años del pontificado de Pío XI, las semillas del antisemitismo moderno empezaron a retoñar sus flores mortíferas. Cuando falleció el Papa en 1939, los judíos en gran parte de Europa habían sido despojados de sus derechos de igualdad que habían adquirido hacía más de un siglo, y vivían en un clima de miedo, humillación y violencia.
Gran parte de la literatura que se refiere al Holocausto, fue enfocada hacia Alemania y no al papel de la Iglesia Católica y los católicos. El Vaticano y el Papa tuvieron un papel directo en la evolución del antisemitismo moderno.
El Vaticano impulso una política de discriminación y hostigamiento que hizo posible que el Holocausto se pusiera en evidencia en los lugares donde la iglesia tenía una gran influencia. El caso de Alemania es complicado por el hecho de que los católicos componían una minoría de la población, en contraste con Italia, Francia, Austria y Polonia, donde la mayoría de la población es católica.
El libro "Los Protocolos de los Sabios de Sión" influyó importantemente en el comportamiento de los católicos con el antisemitismo en los años de la década de 1920. Los Protocolos revelaban el descubrimiento de un documento detallado del plan secreto de los judíos para apoderarse del mundo.
La historia de los Protocolos se inició en Francia con un ciudadano de nombre Maurice Joly, en 1864. En este libro el autor atacaba las ambiciones desmesuradas del emperador Napoleón III, pero su argumento no tenía nada que ver con los judíos. Hablaba de un plan secreto elaborado en el infierno. Años después, un alemán antisemita plagió la obra de Joly y en lugar de enfocarlo hacia Napoleón III, habló de una reunión secreta de unos rabinos que se llevaba a cabo cada cien años donde se elaboraban planes diabólicos. En 1890, los agentes de la policía secreta rusa, transformaron esta versión en un texto que titularon "Los Protocolos de los Sabios de Sión". La primera edición fue hecha en Rusia a principios del siglo XX, en un esfuerzo por desacreditar el movimiento reformista en la Rusia Zarista donde los simpatizantes del Zar señalaban este movimiento liderado por judíos.
Esta edición fue traducida al inglés, al alemán, francés, italiano, y fue publicada en el centro y oeste de Europa a principios de 1919.
Cuando se publicaron los Protocolos en Londres en 1920, Lucien Wolf, uno de los líderes de la comunidad judía de Inglaterra, publicó un panfleto que demostraba claramente que los Protocolos eran un engaño, sin embargo, y a pesar de todas las pruebas en su contra, los Protocolos se volvieron la "Biblia" del movimiento antisemita, a partir de 1920 se publicó el libro en toda Europa y los Estados Unidos, y fue adoptado por el partido nazi.
Es fácil entender el por qué el libro tuvo tanto auge: desde el Vaticano se promovía el antisemitismo durante décadas. Uno de los máximos propagandistas fue Monseñor Humberto Benigni, que usó el libro para renovar su cruzada antisemita en 1920. Benigni fue el jefe del servicio de espionaje del Papa Pío X y un alto miembro de la Secretaría de Estado del Vaticano: él acusaba a los judíos del "asesinato ritual" desde 1890. En 1920 a 1921, publicó su propio boletín antisemita. Después, en el diario "L'Unitá cattólica", (1921), publicó unos suplementos que tituló "Los documentos de la conquista judía del mundo".
Según Benigni, no escribía para iniciar una campaña contra la religión judía o contra la raza judía: "Respetamos la raza semítica" y la religión mosaica, más bien luchamos contra la degeneración de la religión mosaica que fue hecha por los estudiosos de Talmud, quienes son los responsables de querer adueñarse del mundo.
El famoso "L'Osservatore romano" secundó esta aseveración diciendo que uno tiene que diferenciar entre “la religión judía y la política y el poder social de los judíos del mundo. Los judíos tenían el derecho de ser tolerados, pero solamente si renunciaban a su hostilidad contra la cristiandad su sed de dominación”.
En Francia, el principal partidario de los Protocolos y máximo exponente del antisemitismo católico en 1920, fue el padre Ernest Jouin, quien dedicó su vida para alertar a sus correligionarios católicos sobre la amenaza judía. El Papa Benedicto XV, había honrado a Jouin con un título de reconocimiento por su obra y comportamiento hacia la iglesia. Su obsesión especial contra la conspiración judeo-masónica se hizo pública en un discurso que pronunció en el congreso de la liga anti judeo masónica en 1929, en la que proclamó que "Israel es el rey, los masones sus ayudantes, y los bolcheviques sus ejecutores. Los judíos creen en la dominación del mundo por su raza".
En 1918, seis años después de haber fundado el periódico antisemita, el Papa Benedicto XV, le mandó un reconocimiento especial. "Sabemos que usted condujo su sagrado ministerio de una forma ejemplar". "Usted tiene el honor, la determinación y el valor para enaltecer la iglesia católica sin importarle los peligros para su vida, contra las sectas y los enemigos de la religión". "Usted no escatimó nada, para difundir sus obras en estos asuntos entre el público", ni su trabajo ni los gastos.
Cuando el antisemitismo virulento se incrementó en Europa Central de 1920 a 1930, el Vaticano respondió con un silencio absoluto. En los periódicos L'Osservatore Romano y L'Unitá Cattólica (cuyos artículos tenían que ser aprobados por el Vaticano), el corresponsal de Viena escribió "durante la guerra, la invasión que sufrió el país por un enjambre de judíos polacos que derrocharon sus riquezas, mientras que los católicos sufrían, los judíos habían guardado su dinero en la seguridad de países extranjeros. Atrás del bolchevismo y del comunismo está la conspiración judeo masónica que confiscó la riqueza de los cristianos y se dirige hacia la absoluta dominación judía.
Las semillas del antisemitismo católico en Austria fueron plantadas con la ayuda del Vaticano desde hace décadas, y sus frutos se cosecharon en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial. El padre Kolb advertía sobre el peligro que se enfrentaba el país. "Donde usted mira, usted encontrará el judaísmo trabajando, de una forma consciente, apoyados por medios ilimitados a su alcance para lograr la supremacía". "Hay que proteger al pueblo germano interna y externamente contra la penetración judía y contra el trabajo destructivo de los judíos".
Siguiendo este mismo ejemplo en Polonia, en 1936, el más alto jerarca de la iglesia del país, el cardenal Augusto Hlond, en su carta pastoral, advirtió que los judíos eran "la vanguardia del ateísmo del movimiento bolchevique y las actividades revolucionarias". Al mismo tiempo que condenaba la violencia anti judía alentaba el boicot contra el comercio y las publicaciones judías. "Los judíos", advertía, "libraban una guerra contra la iglesia católica". Su carta a los feligreses fue una obra maestra de la distinción entre el buen y el mal antisemitismo, entre aquel que fue aprobado por la iglesia y otro que lo condenaba: "uno no puede odiar a nadie. Ni siquiera a los judíos. Es preferible que uno compre de su propia gente y evitar las tiendas judías... Al año siguiente, el Sínodo de obispos adoptó una resolución que prohibía a los judíos enseñar a los estudiantes católicos, o que los estudiantes judíos ser compañeros de clase de niños católicos.
La prensa católica de Polonia (país que tenía una gran población judía), tenía un problema judío, que según ellos era "cien veces más severo que cualquier otra parte". El antisemitismo nazi con su filosofía pagana, debería de ser condenado, escribió un sacerdote jesuita. Lo mejor que podría sucederle a la Polonia católica, es liberarse de sus judíos. La exigencia de que Polonia fuera libre de judíos fue adoptada como refrán por la prensa católica polaca años antes de la invasión nazi. Sin embargo, para distinguirse de la posición violenta de las campañas nazis contra los judíos, la prensa católica polaca alentaba a un enfoque más civilizado, "los judíos deberían ser obligados a emigrar, no por los métodos nazis, pero con retirarles su ciudadanía y reorganizar nuestra economía nacional de acuerdo con las necesidades de nuestro pueblo".
El Vaticano se percató del ascenso al poder de los nazis en Alemania con mucha inquietud pero cuando Hitler asumió el poder en 1933, la Santa Sede quiso llegar a un arreglo con él y por eso formuló un nuevo pacto en que el gobierno daría garantías de proteger a la iglesia, con la libertad de poder funcionar sin la intervención del gobierno. Este pacto fue negociado con el secretario de Estado de Pío XI, Eugenio Pacelli, quien sería unos años después el pontífice Pío XII. Sin embargo, tan pronto como fue firmado el pacto en 1933, los nazis empezaron a violarlo y esto resultó en una nueva encíclica en marzo de 1937, por el Papa como Mit brennender Sorge, (con profunda ansiedad).
La encíclica advertía contra la deificación de la raza y el Estado, y hacía un llamado para la libertad religiosa de la iglesia. Sin embargo, no mencionaba de ninguna manera la persecución de los judíos ni atacaba al antisemitismo. La encíclica criticaba francamente al régimen alemán y esto produjo una respuesta negativa de parte del gobierno nazi.
A la muerte de Pío XI, su sucesor Pío XII, ansioso de reparar las relaciones con Hitler, decidió abstenerse de criticar al antisemitismo y no tomó ninguna acción, incluso la encíclica nunca fue publicada.
En 1938, a consecuencia de las leyes raciales, los maestros judíos fueron despedidos de las escuelas públicas, los niños judíos de las escuelas secundarias y en las primarias fueron separados de los católicos. Los judíos fueron despedidos del servicio público y expulsados de las fuerzas armadas; se les prohibió poseer grandes almacenes. Los matrimonios entre judíos y católicos fueron prohibidos y a los judíos se les prohibía emplear a cristianos en sus hogares.
Un fascista, Roberto Farinacci, miembro del Gran Concilio Fascista, declaró: "para nuestro confort tenemos que saber si como católicos nos hemos vuelto antisemitas, se lo debemos a las enseñanzas de la iglesia que fueron promulgadas durante los últimos veinte siglos".
Con toda la severidad que se juzgó el comportamiento de Pío XII durante su pontificado, es sorprendente la poca atención que se le dio a Pío XI, cuando se promulgaron en Italia las leyes raciales en 1938. Estas leyes fueron concebidas, aprobadas y anunciadas en el mismo Vaticano. La única protesta se refería a la nueva ley que consideraba a los judíos que se habían convertido al catolicismo como judíos, y prohibía los matrimonios entre católicos y los que habían nacido judíos. Esto fue el único punto donde el Vaticano puso una protesta enérgica.
L'Osservatore romano, publicó un artículo sobre las leyes raciales que se enfocaban sobre la objeción de prohibir el matrimonio entre católicos y judíos que se habían convertido al catolicismo, pero cuando los mismos judíos fueron expulsados de las escuelas, los científicos judíos fueron despedidos de las organizaciones científicas, los empleados de gobierno y los maestros fueron arrojados de sus escuelas, el mensaje era bastante claro: la iglesia no tenía objeción alguna. Incluso, en agosto de 1943, dos semanas después de la caída de Mussolini, el representante del Vaticano ante el gobierno italiano, sugirió que debería de haber un cambio en las leyes raciales. No tenía en mente la revocación de las leyes anti judías, sino aquella ley que discriminaba a los judíos que se habían convertido al catolicismo.
Debido a lo que hemos relatado anteriormente, podemos entender por qué la película de Mel Gibson, "La Pasión de Cristo", no provocó un rechazo categórico de parte de la iglesia a pesar de las resoluciones del concilio Vaticano II, donde se disculpaba a los judíos de ser el pueblo deicida y del perdón que pidió a nuestro pueblo el Papa Juan XXIII, por las terribles matanzas que causó la iglesia a los judíos durante dos milenios.
El Vaticano no sólo se abstuvo de condenar al film, sino al contrario, alabó y confirmó la veracidad de los eventos descritos. "Nuestros hermanos mayores como nos denominó el Papa Juan Pablo II volvimos a ser lo de antes, el pueblo maldito que fue martirizado y condenado por ser culpable de haber matado a Jesús".
Tal vez el Vaticano se olvidó de la plegaria que pronunció el Papa Juan XXIII: "nos damos cuenta que nuestras frentes están tachadas por la marca de Caín. Hace siglos que Abel fue cubierto de sangre y lágrimas porque hemos olvidado Tu Amor. Perdónanos la maldición que hemos injustamente achacado a los judíos. Perdónanos por estas injurias, te hemos crucificado una segunda vez".
Regreso al contenido | Regreso al menu principal