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04/07/2018
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La filantropía científica y cultural

Colección y Consulta
 
La filantropía científica y cultural
 
 
Por: Luis Gottdiener
 
2008
 
Cuando se habla de filantropía, se piensa sobre todo en la que beneficia a niños, ancianos, minusválidos, o bien a instituciones como escuelas u hospitales. Pero en realidad existen numerosas variantes de esa noble actividad, siendo una de ellas la científica y cultural, a la cual me referiré aquí.

 
Los predecesores de los modernos filántropos culturales fueron los mecenas del Renacimiento, que patrocinaban a artistas y sabios, y de paso prestigiaban sus cortes y palacios. Actualmente esta labor se realiza en diversas modalidades: premiar a creadores, financiar cátedras, becar a estudiantes o investigadores, apoyar la publicación de revistas o la compra de equipo, etc.

 
En los Estados Unidos existen grandes fundaciones, algunas con cerca de un siglo de existencia, como la Guggenheim, la Rockefeller, la Sloan, la Carnegie, que poseen patrimonios enormes y otorgan becas y sustentan investigaciones incluso fuera del país. En México estamos muy atrasados en ese aspecto y lejos de contar con organizaciones semejantes. La científica es de las variantes menos populares de la filantropía privada en el país, además de que la inestabilidad financiera en décadas anteriores tampoco ayudó a ese tipo de iniciativas.

 
Los premios científicos y culturales poseen características particulares. Por ejemplo, la de su gran visibilidad, que prestigia a sus benefactores más que otro tipo de donativos, como puede verse del más famoso de esos premios: el Nobel. Por ello a menudo se constituyen en honor de personas específicas, que a veces son los mismos donadores.

 
Por otro lado, otorgar un premio de este tipo es más complejo que regalar bancas o computadoras a una escuela. Aparte del dinero, se requiere un reglamento cuidadosamente elaborado, una convocatoria, un jurado, un proceso de selección, etc. Probablemente debido a esa dificultad, que muchos donadores subestiman, muchos premios han desaparecido.

 
Algunos de los premios científicos nacionales son el Luis Elizondo, Ricardo J. Zevada, Miguel Alemán, etc. Por parte de la comunidad judía ha habido contribuciones dignas de mención. La más destacada fue el Premio Elías Sourasky, una especie de Nobel mexicano que instituyó el banquero del mismo nombre y que entregaba el presidente de la República en una ceremonia especial. Lo recibieron, a partir de los años sesenta, personalidades como Matías Goeritz, Guillermo Soberón, Manuel Álvarez Bravo, Eduardo Mata, Carlos Mérida, Rosario Castellanos, Marcos Moshinsky, etc. Lamentablemente, el premio desapareció a raíz de la estatización de la banca que decretó el presidente López Portillo en 1982.

 
Otros premios académicos y culturales, de los que algunos son irregulares o han dejado de entregarse, son el Aída Weiss de Investigación en Cáncer, el León Bialik de Innovación Tecnológica, el León Dultzin, el Internacional de Literatura Fernando Jeno, el Norman Sverdlin para tesis de filosofía, el Marcos y Celia Maus para tesis de historia, así como los del Instituto Cultural Mexicano Israelí.

 
Es difícil prestigiar y hacer que perdure un premio de este tipo, y más en el campo artístico. Con frecuencia se cometen errores en su asignación que lo demeritan. Algunos de los más frecuentes son: entrega irregular, restricción de candidatos a un círculo muy estrecho, poca seriedad en el proceso de selección, excesiva injerencia de donadores, seleccionados sin méritos suficientes, demasiados premiados en cada edición, jurados poco competentes. Asimismo, entregar el premio a gente consagrada, para quien representará un estímulo mínimo. El papel más valioso de estos premios se cumple cuando se conceden, no a figuras archiconocidas, sino a creadores incipientes para quienes constituyen un apoyo importante, o a otros no reconocidos con anterioridad.

 
Si se busca prestigiar un premio, es fundamental primeramente decidir qué exactamente se va a premiar; elaborar un buen reglamento que prevea lo más posible las diversas eventualidades; nombrar un jurado conocedor en la materia; y se abstengan los donadores de inmiscuirse en el proceso de selección. Finalmente, dotar generosamente el premio.

 
Es interesante, por ejemplo, el caso del premio Pritzker, conocido como el Nobel de Arquitectura, que en relativamente poco tiempo alcanzó gran renombre. Algunas de sus características son: jurado destacado, gratificación de cien mil dólares, no restringido por nacionalidad, raza, religión, etc.

 
Si un donador opta por la filantropía científica o cultural, no por fuerza debe instituir un premio. Hace treinta años, por ejemplo, la familia Moshinsky estableció las Cátedras Elena Aizen para financiar la invitación de conferencistas extranjeros por instituciones mexicanas. El Fondo de Fomento Educativo, de Elías Sourasky, apoyaba la publicación de revistas científicas. También se puede financiar la compra de equipo, conceder becas, etc., aunque inclusive estos casos generalmente requieren de un proceso de selección que el donador no está en condiciones de realizar personalmente.

 
En resumen, hay en este campo una buena oportunidad para quienes quieran desempeñar actividades filantrópicas de alta visibilidad. Pero crear un premio no es cosa de "lanzarse como el Borras". Requiere bastante trabajo y organización y, en cuanto al dinero, no sólo el necesario para el premio sino para gastos del proceso de selección. Aquellos filántropos que no estén dispuestos a realizar ese trabajo, o a ceder algunas de sus atribuciones a otras personas, mejor que dediquen su dinero a obras donde cada año puedan hacer lo que quieran y manden. La sociedad recibirá un mayor beneficio de sus esfuerzos.

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