La geometría está en el aire - Intelecto Hebreo

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04/07/2018
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La geometría está en el aire

Colección y Consulta
La geometría está en el aire
 (Primera Parte)
Por: Enrique Shor
 
 
«Uno tiene que hacerse una pregunta con implicaciones
devastadoras; hasta qué medida permanece el arte escultórico actual, semántica o formalmente escultura».
Herbert Reart. 1964
 
Desde la prehistoria hasta apenas hace poco, escultura era considerada un arte de formas sólidas, con masa y sus virtudes estaban relacionadas con el lugar que ocupa en el espacio.
Hoy el término escultura perdió su identidad, se ha vuelto tan elástico, que se ensancha hasta incluir casi todo que tenga por lo menos un centímetro de grosor y a veces ni eso. Si alguna vez se la identificó con modelado o fundido, objeto con termi­nados límites en el espacio y con posibles apariencias biológicas, hoy generalmente se designa con el término «escultura», todo lo que es escasamente tridimensional incluyen­do el espacio, todo lo que es no figurativo, no referencial, no narrativo y no geométrico.
El proceso de cosificación, que dio luz a la escultura de nuestro tiempo, es la constante «iconización» de la sensibilidad artística hacia el materialismo, con la ayuda de la tecnología. Aún cuando la escultura se convierte, por motivo de su idioma abstrac­to, en una forma de arte de pura idea, no des­aparece su materialismo substancial; sigue atada por definición a la idea de masa física.
La capacidad de la escultura de ocupar espacio real y de sugerir vitalidad, permanece al fin de cuentas, aún cuando estemos haciendo un arte sin objetos, como sería esculpiendo con luz para modificar un espacio. El arte que practicó Pigmaleón, el arte de hacer que objetos tridimensionales cobren vida, con el propósito de materializar fantasías humanas, sigue cuantificando la personalidad del artista y satisface el deseo de la perfección.
La nostalgia deja constancia de la época en cuanto la escultura todavía era un objeto tangi­ble. Las rocas a las que Henry Moore insufló con vida dándoles forma de una vértebra, o Constantin Brancussi, lanzando al cielo el desafío de un ave, o su columna interminable; y a Marini, con su ca­balgadura al infinito.
En el siglo pasado y lo que va de este, han empezado y terminado más movimientos y escue­las plásticas, que en toda la historia de la civiliza­ción. A suma velocidad, rompe los tabúes existen­tes y llega al punto de propiciar su propia desaparición, con el surgimiento de la forma más radical del movimiento minimalista. Pero como la escultura es una práctica vital del orga­nismo humano, se rescata a sí misma en el posmodernismo, en una indefinición que nos llega a nosotros en nuestro tiempo.
Lo más importante para ese continuismo, es el descubrimiento que la materia, cualquiera que sea su natura­leza, constituye un continuo que se re­fiere a distintos estados de la energía. Viene entonces un equilibrio y una sutil interrelación por medio de la tecnología entre la materia y el espacio. La cohe­sión orgánica en nuestra sociedad actual, da pie a una unidad de la que podríamos derivar el término «vitalismo», como coeficiente de todas las sumas y todas las restas de los distintos estilos.
El hacer máquina que parecen tener vida propia, conducen también a la escultura a hacer vivas la piedra, la madera, el barro y al acero. Si preguntásemos a Rodin, que escultu­ra haría hoy en día, nos contestaría como en 1912 citando a Miguel Ángel: «El artista no

puede imaginar nada que no esté ya en él mismo. Supone en la naturaleza una gran con­ciencia ligada a la suya. No hay organismo viviente u objeto inerte, ni nube en el cielo o brizna de pasto, que no contenga para él el gran secreto del poder escondido en las co­sas».
El artista hoy en día no tiene una ruta a seguir. No existe nada que se parezca a de­terminado estilo. Esta falta de guía, le da al artista una nueva y total libertad. Esa liber­tad exige muchas respuestas a la pregunta ¿Qué es el arte de la escultura hoy en día?...
La geometría está en el aire.
 
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