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27/09/2017
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La pluma que cambió al mundo

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La pluma que cambió al mundo
 
Por: Max Daniel
 
Lászlo (Ladislao) Bíró nació en Hungría el 29 de septiembre de 1899. El médico que lo trajo al mundo en Budapest, dijo a su madre que sus posibilidades de vida no eran muchas dado su escasísimo peso de poco más de un kilogramo. Sin embargo, ella se dispuso a darle batalla a la adversidad: puso a su hijo bajo una lámpara pensando que el calor podría completar artificialmente a su desarrollo. No sólo resultó eficaz, sino que anticipó la aparición de la incubadora.
Su formación fue en la escuela primaria, después la secundaria, posteriormente en la escuela superior con orientación hacia las ciencias biológicas, la filosofía y el latín; esto era común en Europa. Un accidente provocó que fuese uno de los primeros que empezó en Hungría a ocuparse de todo lo relacionado con el hipnotismo. Dio varias conferencias dedicadas a los médicos a enseñarles para lograr efectos analgésicos.
En 1930, contrajo matrimonio con Elsa Shick. Ese mismo año inventó una máquina para lavar ropa, que pudo ser fabricada en serie, y por la cual recibió las regalías correspondientes.
Pero su primer invento fue una lapicera fuente; este invento lo había realizado algunos años antes (1928) con un instrumento para escribir a mitad de camino entre las lapiceras convencionales y lo que, con el correr de los años, llegaría a ser el bolígrafo. En 1932 nace su única hija, a quien llamarían Mariana. A los 33 años ya había inventado la caja automática para automóviles, totalmente mecánica. La patente pudo venderla a los representantes de la General Motors en Berlín, quienes compraron los derechos por un adelanto de 500 dólares y una mensualidad similar durante 5 años. Pero firmaron un convenio en Berlín diciendo que ellos simplemente habían comprado su invento para que no lo comprara la competencia.
En el año 1938, ya había patentado un modelo rudimentario del bolígrafo en su país, en Francia y Suiza. Ese mismo año se encontraba trabajando como reportero de un periódico húngaro, en Yugoslavia y en determinado momento escribió una nota sobre un escritorio de la entrada del hotel donde estaba hospedado, con un primitivo modelo de bolígrafo que a veces funcionaba y otras veces no. A su lado se encontraba un hombre bajito con anteojos y acompañado por una chica muy linda. Luego cuando subió para ir a su habitación, lo llamó el conserje del hotel y le dijo: "ese señor que estaba a su lado es un ingeniero y lo ha visto a usted que escribe con un instrumento que él no conoce... ¿usted tendría inconveniente en recibirlo para mantener una conversación? Bíró le respondió que no tiene ningún inconveniente y convino una entrevista.
Ese señor le preguntó quién era y a que se dedicaba; a lo que él respondió que era un periodista húngaro que estaba trabajando eventualmente en Yugoslavia y además, era inventor. Luego le preguntó: ¿Por qué no viene a trabajar a la Argentina? El misterioso hombre le comentó que había estado observando detenidamente el instrumento, para él desconocido, con el que escribió la nota y que pensaba que en Argentina no iba a tener ningún tipo de problemas si se desidia a viajar a aquel país para trabajar en la producción de ese tipo de bolígrafo. Entonces el joven inventor respondió que en el centro de Europa, no le otorgaban la visa para la residencia en la Argentina. Ante este planteamiento, el ingeniero le entregó una tarjeta personal firmada y le aseguró que con esta no iba a tener problemas para recibir la visa de residente, al observar la tarjeta, Bíró, pudo leer en la misma la siguiente inscripción: Agustín P. Justo, Presidente. Por lo que guardó la tarjeta por si algún día podía a llegar a necesitarla.
Trabajó en París para el gobierno francés en el laboratorio del servicio secreto de las fuerzas armadas. En ese laboratorio se dedicó al desarrollo de productos químicos, por lo que pudo realizar grandes progresos, pese a lo accidentado y peligroso de los experimentos. Debido a la caída de Francia tuvo que abandonar las investigaciones.
Cuando los alemanes invadieron Francia, huyó de la persecución nazi, buscó la tarjeta del presidente Justo y emigró a la Argentina a comienzos de la década de 1940. Llegó a Buenos Aires a mediados del mes de mayo de 1940. Del país sólo sabía que había pampa, que se bailaba tango y que había gauchos... Al poco tiempo Bíró, adoptó la ciudadanía argentina. A partir de 1941 comienza a realizar numerosos experimentos para perfeccionar el bolígrafo. En 1942 logra conseguir apoyo financiero de Luis Lang y Herry Martín. Perfeccionar el bolígrafo le llevó 6 años de intenso trabajo, producto que ahora parece algo fácil.
En 1944, Bíró vendió la patente a la norteamericana Eversharp-Faber por dos millones de dólares, y en Europa a Marcel Bich, fabricante de los bolígrafos Bic. En los comienzos este nuevo instrumento costaba entre $80 y $100 dólares lo que hacía prácticamente inaccesible para los salarios medios de entonces. Bíró anhelaba popularizar su invento y eso lo hizo el tiempo: ahora no pasa de un peso.
En 1945 la fuerza aérea de los Estados Unidos, ante la necesidad de utilizar un nuevo tipo de lapicera que se pudiera utilizar en grandes alturas, sin que se derramara la tinta, encargó a Bíró 20.000 piezas. El éxito obtenido en esta empresa con el gobierno norteamericano colocó a este producto en la vidriera del mundo. Sin embargo, Bíró no patentó su invento en EEUU lo que provocó una dura batalla entre competidores por su explotación comercial. En ese mismo año el norteamericano M. Reynolds desarrolló su propio modelo y el austríaco F. Deech inventó la tinta que se seca al contacto con el aire, la cual fue comercializada con el nombre de «paper mate».
Pese a la fama adquirida y a las reiteradas invitaciones para radicarse en los EEUU Bíró permaneció fiel a su patria adoptiva, donde murió el 24 de noviembre en 1985. Muchos otros de sus inventos se han vuelto muy populares.
Sin el bolígrafo de tinta seca, la realidad sería otra. En Argentina el 29 de septiembre, día de su nacimiento, se conmemora el Día del Inventor.

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