La seducción: también en la Biblia - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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La seducción: también en la Biblia

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La seducción: también en la Biblia


Por: Becky Rubinstein

En páginas de la Biblia encontramos, por ejemplo, a la archifamosa Dalila. Ella es la que corta de tajo la fuerza de Sansón al utilizar unas tijeras como arma.
Su hombre, y luego su víctima, era un joven nazareo, dedicado a Yavé antes de su nacimiento, de ahí que su cabello jamás hubiera sido tocado. De ahí que sus labios jamás hubieran probado el fruto fermentado de la vid.
Sansón, sin embargo, cae en las redes de una filistea. La Biblia nos dice: "Bajó Sansón a Timná y vio allí una mujer de entre las hijas de los filisteos... Sus padres le respondieron: '¿No hay una mujer entre las hijas de tus hermanos y en todo el pueblo, para que vayas a elegir mujer entre esos filisteos incircuncisos?' Sus padres no sabían que esto venía de Yavé, que buscaba un pretexto de parte de los filisteos, porque los filisteos dominaban en aquel tiempo en Israel" (Jueces, 14: 1-4).
En los anteriores versículos encontramos varios elementos para analizar. Empezaremos por la acción casi simultánea, casi paralela de "bajar" y de "ver" del sujeto. Sansón, al parecer, tiene que bajar de condición moral, para ver y ser objeto de seducción. No olvidemos que la seducción opera a través de los sentidos, y para muchos, el ojo es instrumento para conseguirlo.
En segundo término, ¿por qué sus pies y sus ojos lo conducen a Timná, localidad enemiga? La conducta del hijo alcanza la reprimenda paterna: tanto el padre como la madre reaccionan frente al acto de seducción: ¿acaso escasean las vírgenes judías que el joven juez busca entre los ajenos, los politeístas, los enemigos?
El escriba bíblico explica, empleando artimañas literarias, la intervención divina en este inusitado caso.
Esta aparente locura posee una vertiente subterránea que nadie observa, que sólo padece el protagonista: Sansón. Y la antagonista: Dalila.
Unos versículos después, se nos vuelve a advertir que Sansón bajó. Es decir, tuvo que degradarse de nuevo, a costa, digamos de su ética, de sus principios. Y "habló a la mujer", como si previamente hubiera memorizado el argumento, escrito por algún autor omnisciente. En este caso: Yavé.
Sansón, como conducido por una fuerza celestial, actúa rápido. Su alma está libre de dudas.
Después se nos dice: "y le gustó a Sansón'", frase que nos conduce, de nueva cuenta, al ámbito de los sentidos. Todo estaba preparado para el matrimonio. Pero antes, Sansón "bajó" de nuevo. Es decir, perdió todo juicio cegado, al parecer por su parte animal. Quizá el haberse enfrentado a un león, hasta matarlo con sus propias manos, lo transformó de hombre a animal. Lo desbarrancó por completo. De otra manera como amar a una extraña. Tan sólo bajando y bajando por la ladera. Tan sólo despeñándose. Leamos: "Bajó, pues Sansón una fiesta de siete días, porque así solían hacerlo los jóvenes. Y como le temían, eligieron treinta jóvenes que estuvieran con él" (Ibid. p. 10-11).
Por supuesto que Sansón cumplió, hasta la muerte, con su papel. Muere y mata para liberar a su pueblo del yugo enemigo.
¿Y qué significa Dalila, una mujer extranjera? Dentro del contexto bíblico, es una mujer diferente que ve y arrebata, que pierde a quien la observa. Como contraparte encontramos, también en páginas de la Biblia, a Rebeca, hija de Betuel, mujer ante todo misericordiosa. Así pide Eleazar, el mensajero, cuando sale en busca de la futura esposa del aún célibe Isaac, hijo de Abraham: "Yavé. Dios de mi señor Abraham, hazme tener hoy un buen encuentro y muestra tu benevolencia para con mi señor Abraham... Haz pues que la joven a quien yo diga: 'Baja tu cántaro para que beba yo' y que me responda: 'Bebe y voy también a dar de beber a tus camellos" (Génesis 24).
Y la historia prosigue: "No había él acabado de hablar, cuando Rebeca, hija de Betuel, hijo de Melca y mujer de Najor, hermano de Abraham, salía con su cántaro al hombro. La joven era muy bella de rostro y virgen, ningún varón la había conocido" (Ibid). La Biblia, por lo general parca en descripciones, se detiene, sin embargo a desentrañar el entorno familiar de la futura esposa de Isaac, para que los lectores se enteren del origen confiable de la joven, pariente consanguíneo de Abraham.
Para concretar el noviazgo, se envía un mensajero, que habrá de actuar en completo secreto. La escena del encuentro entre Eliezer y Rebeca es de una limpieza extrema. No hay miradas que seduzcan, ni jóvenes seducidos. Las acciones se desarrollan en un completo marco de pureza. Si acaso, algo "baja" es el cántaro del agua, símbolo de dádiva y misericordia. Porque Rebeca no sólo da de beber al hombre con sed, también se inclina para dar de beber a sus bestias.
Quizá bastaría lo anterior para asegurar la limpieza e impolutez previas al matrimonio. Sin embargo, la Biblia recalca, por necesidad de seguranza, la conducta del emisario, quien no sólo ve, sino observa, acto que demanda mayor circunspección, mayor esfuerzo, más tiempo y reflexión: "Entre tanto el hombre la contemplaba en silencio preguntándose si Yavé habría guiado o no su viaje" (Ibid).
De inmediato, nos encontramos con que Eliezer regala a la joven "un anillo de oro de medio siclo de peso y se lo puso a ella en las narices, luego dos brazaletes también de oro, de diez siclos de peso y poniéndoselos en las manos le dijo: "¿de quién eres hija?" (Ibid).
El asunto del anillo de oro, y de los brazaletes, también de oro, símbolo de ornato, en este caso el merecido premio a las buenas acciones, sin embargo nos conduce a otros pasajes bíblicos. Específicamente al libro de Isaías, donde se profetiza la caída de Israel por sus muchos pecados: Dice Yavé: "Por la altivez de las hijas de Sión,/ que pasan con la cabeza erguida/ y ojos provocadores,/ y caminan a pasos menudos/ haciendo tintinear los aros de sus pies, el Señor llenará de tiña/ la cabeza de la hijas de Sión/ Yavé descubrirá su vergüenza.
Aquel día el Señor arrancará los adornos: hebillas de pies, redecillas y lunetas,/ pendientes, brazaletes, velos,/ diademas, cadenillas de pies, cinturones, vasos de perfume y amuletos/ sortijas, aros de nariz/ vestidos preciosos, mantos, chales y bolsos/ espejos, lienzos finos/ turbantes y mantillas" (Isaías, 3: 15 al 23).
En esta profecía, acuñada en lenguaje poético, no sólo aparecen, a la manera de mancuerna, las sortijas y los aros de nariz que enmarcaron no sólo la belleza, sino también la honestidad de la joven Rebeca. Entran, a la manera de catarata, una profusión de enseres femeninos que adornan a la mujer y que seducen al hombre. Su exagerada enumeración es sintomática de decadencia; de amor al artificio propio de las mujeres perdidas.
Como respuesta a sus pecados, Yavé las habrá de enmendar a través del dolor, del suplicio: "Y ved lo que sucederá: en lugar de perfume, habrá podredumbre/ en lugar de cinturón, una cuerda,/ en lugar de peinados, calvicie,/ en lugar de vestidos lujosos habrá un saco,/ en lugar de belleza, la marca de la infamia.
Tus hombres caerán bajo la espada,/ y tus héroes en la lucha./ Llanto y lamento habrá en tus puertas,/ y yacerás desolada en el polvo (Isaías 3: 24-25).
Como conclusión vemos que, tanto la seductora como el seducido, sufren, por su conducta errada, las peores calamidades.
La seducción en páginas de la Biblia, diría algún estudioso, conduce al pecado. Y el pecado, ante los ojos de Yavé, merece un castigo. A toda causa responde un efecto: a toda seducción -individual o colectiva- responde la justicia divina.  

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