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04/07/2018
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Las aventuras de Rabbi Meir de Rothenburg

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Las aventuras de Rabbi Meir de Rothenburg
 
Por: Max Bery
 
En el siglo XIII un rabino alemán encarnó tanto la pasión por la libertad, que le encerraron en una fortaleza de Alsacia.
 
Un día soleado de junio de 1242, comadres, tenderos, estudiantes, soldados, prostitutas y niños descalzos, saludaban con gritos la aparición en la plaza de Greve* de la procesión de carretas cargadas de libros. Después de ladear el Sena las carretas eran esperadas por el verdugo con su cogulla roja, sus ayudantes, por el arzobispo de París y su cabildo y por toda una comitiva de nobles vestidos de gala, con la espada envainada, listos para un imaginario combate. A la cabeza de la procesión caminaba con los ojos entreabiertos un hermano franciscano. Era Nicolás Donín, que había conseguido del Rey Luis IX que se quemaran los libros satánicos.
El primer Shabat de marzo de 1240, mientras los judíos estaban recluidos en sus sinagogas, el Rey tomando en cuenta la denuncia de Donín, había incautado los tratados talmúdicos para hacerles un proceso juzgado de antemano. De repente, de entre la muchedumbre, una persona de tez pálida, la cabeza cubierta, miró fijamente a Nicolás Donín; era Meir Ben Baruj, nacido en Worms en 1215, un estudiante de Samuel Ben Salomón de Falaise y del rabino Yehiel Ben José, maestro de la yeshivá de París quien enseñaba el Talmud de Babilonia.
Meir comprendió que había venido únicamente para encontrar la mirada del apóstata. Era él, Nicolás Donín, convertido a Jesús, que había sostenido la acusación en contra de la Ley Oral, defendida ferozmente por rabbi Yehiel y otros maestros. Como dato histórico, cuarenta años después, Donín fue echado por hereje de la orden de los franciscanos.
Meir Ben Baruch, de regreso a su casa de la quemazón escribió una elegía «Salía serufa baesch», (intercedéis Vds. que están consumidos por el fuego, por la vida de los que llevan su luto)... Esta elegía figurará en el ritual del 9 Av.*
El apóstata de Lombardía
Un día lluvioso de junio de 1286, en un pueblo de Lombardía con su iglesia y sus peregrinos, enfermo de sus articulaciones el obispo de Basilea, en camino a Roma donde se entrevistaría con el Papa, se detuvo en el castillo del dueño de ese lugar: Meinhardt De Gorz, ardiente defensor de la fe.
Mientras se dirigía a vísperas, cabizbajo por culpa de la lluvia, el compañero de camino del obispo Johann María, un mercante judío recientemente convertido y muy devoto le dijo:
-Vea este hombre cerca de la mente. No le importa la lluvia.
-¿Qué hombre?
-Allá, ese viejo de baja estatura y con la barba blanca
-¿Quién es?
-Le conozco muy bien. Ya comí en su mesa, en su bella residencia de Rothenburg con sus 21 cuartos. Es rabí Meir Ben de Basilea.
La misma noche, ya terminado el chubasco y con luna llena los esbirros del conde Meinhardt Gorz agarraron al rabí Meir Ben Baruj de Rothenburg quien esperaba en el pueblo al resto de su familia, hijas, yernos y nietos para huir con ellos a Palestina.
En efecto el emperador Rodolfo I de Habsburgo había decidido considerar a los judíos de sus provincias como siervos del Tesoro y cobrarles un impuesto como si fueran casas o vergeles. Tal impuesto, proclamaba rabí Meir Ben Baruj de Rothenburg era inaceptable. Mejor irse a la tierra de Israel que someterse.
Además el emperador era un ser caprichoso, sin moral ni principios. A la vez que aceptaba un importante préstamo del rico Anchel Oppenheimer y confirmaba la autonomía judicial de los judíos de Rotisbona, les obligaba a quedarse en sus casas en Semana Santa, bajo la presión del obispo. Confirmaba los derechos de los judíos austríacos, pero les despedía de la función pública. Elogiaba la bula de Inocente III en contra de la acusación de crimen ritual, pero no tomaba ninguna medida en contra de los excesos antijudíos en las provincias del Rhin y en Bavaria.
Así millares de judíos alemanes quienes decidieron abandonar el país encabezados por rabbi Meir, tenían amargos motivos para hacerlo. El jefe de la judería alemana era una presa importante. El rabí fue encerrado primero en Warburg y después enclaustrado en la fortaleza de Ensisheim, al sur de Colmar.
La fortaleza de Alsacia
Encarcelado el rabí seguía contestando las preguntas a que lo sometían. De Austria, de Bohemia, de Italia, de Francia y hasta de España. Aunque no se le eligió ni se le nombró, rabí Meir nunca vio su liderazgo espiritual puesto en tela de juicio. Hasta convocó un sínodo de rabinos para obligarles a admitir que «una esposa rebelde» perdía en caso de un divorcio, las ventajas de su contrato de matrimonio.
En un siglo de feudalidad triunfadora rabí Meir, en la mayor parte de sus ochenta «Responsas» tratando del derecho público y de gobierno comunitario, explicó y expuso de una forma incisiva las ideas de libertad del hombre, las limitaciones del poder de la mayoría, del gobierno por consentimiento de los gobernados. Reforzó la forma democrática de la dirección de las comunidades e inspiró así un espíritu liberal a los municipios y a las corporaciones de la burguesía, quienes empezaban a tomar conciencia de ellas mismas, al lado de las comunidades judías.
Para conseguir su liberación de parte del emperador Rodolfo I de Habsburgo y detenido como rehén, los judíos hicieron un esfuerzo considerable, juntaron 23,000 libras de plata para pagar su rescate. En vano. Con firmeza rabí Meir hizo saber que rechazaba que se pagara una sola libra de plata por él. «Si Vds. pagan, les dijo- el Faraón descubrirá así un medio para conseguir fácilmente dinero. Después el Emperador considerará que el rescate es el pago de unos impuestos, lo que no queremos. No acepten ser esclavos».
Ningún rescate se pagó y rabbi Meir siguió prisionero en Ensisheim. El emperador le autorizó a recibir la visita de sus alumnos, pero estimó que los bienes dejados por los judíos que habían dejado Alemania, eran de su propiedad.
A la muerte de rabbi Meir en 1223, el Emperador rechazó entregar su cuerpo a los judíos. Fue hasta 1307, después de que un judío generoso de Francfort, Alejandro Süsskind pagara un rescate importante, que finalmente rabí Meir pudo descansar en Worms.
 
*Plaza de Greve. Plaza de París, actualmente Plaza del Hotel de Ville; lugar donde se efectuaban las ejecuciones capitales.
*El rabbi Meir también introdujo el rezo del «Kol Nidré» para la víspera de Yom Kipur.
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