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04/07/2018
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Las cuotas norteamericanas y la inmigración judía

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Las cuotas norteamericanas y la inmigración judía
 
 
Por: Tzila Chelminsky, Tel-Aviv, Israel.
 
 
Desde la segunda mitad del siglo X1X hasta la Segunda Guerra Mundial, el sueño de las comunidades judías de Europa, oriental y occidental, así como las de los países balcánicos, era poder emigrar a Norteamérica, el país «dorado» paraíso sobre la tierra. La precaria situación económica y las persecuciones y pogroms contra los judíos hacían cada vez más urgente esta emigración. Pero el país dorado no estaba ansioso por recibirlos.
 
En abril de 1925, uno de los genetistas norteamericanos más importante escribió: «nuestros ancestros expulsaron a los bautistas de la Bahía de Massachussets, pero no tenemos ningún lugar hacia donde expulsar a los judíos». Si los Estados Unidos se habían llenado de indeseables, el problema político del día era el establecimiento de cuotas de inmigración.
 
Los judíos presentaban un problema potencial para los ardientes restriccionistas. Después de 1890 la inmigración hacia los Estados Unidos había cambiado marcadamente. Los rubios y atléticos ingleses, escandinavos y alemanes que habían predominado hasta entonces, se vieron reemplazados por masas de inmigrantes empobrecidos, de piel oscura y costumbres mucho menos familiares. En el catálogo de estereotipos nacionales se establecía que todos estos personajes eran deficientes tanto en moralidad como en inteligencia, por lo cual había que excluirlos de algún modo para preservar el amenazado y puro carácter americano. Pero los judíos presentaban un problema diferente. El mismo catálogo racista los consideraba avaros y sin tendencias a la asimilación, pero no los consideraba idiotas. Si ésta debía ser la explicación científica «oficial» para excluir a los inmigrantes de la Europa oriental y del sur, ¿cómo se podría excluir a los judíos?
 
Se partió de la base que la anterior clasificación había sido muy generosa, y que, contrariamente a lo que se creía, también los judíos eran idiotas. A esta conclusión llegaron varios estudios «científicos» llevados a cabo entre 1910 y 1930, los años del gran debate sobre inmigración. Fue el ejemplo clásico de como se pueden distorsionar los hechos para que coincidan con las intenciones.
 
H.H. Goddard era el director de investigación en el Instituto para Retrasados Mentales en New Jersey. Se consideraba como un experto en detectar deficiencia mental, y se concentraba en los casos que presentaban mayor problema, los limítrofes, cuya identificación resultaba más difícil. Inventó el término «morón», tomado del griego, para designar a un «tonto». El método de Goddard para identificar idiotas era simple: una vez que existe ya familiaridad con el personaje, bastan sólo algunas preguntas para llegar a la conclusión deseada.
 
Aunque resulte increíble, en 1912 Goddard fue invitado por el Servicio Público de Salud de los Estados Unidos, para aplicar su técnica en identificar a idiotas a los inmigrantes que arribaban a Ellis Island. Recordemos que éste era el único puerto de entrada a América para los inmigrantes procedentes de Europa. Pero esta vez Goddard agregó un nuevo método al de la detección a simple vista. Empezó a usar las pruebas de inteligencia de Binet, que posteriormente se convertirían bajo Lewis M. Terman, de la Universidad de Stanford, en la escala Stanford-Binet, conocida comúnmente como la medida de IQ. Binet acababa de morir en Francia y no fue testigo de como su estudio, que fue hecho para identificar a niños que necesitaban ayuda especial en el colegio, fue distorsionado y convertido en un instrumento para catalogar a personas con un sello de idiotez e inferioridad.
 
Goddard se sintió tan satisfecho con las pruebas preliminares aplicadas ya en 1913, que mandó a dos investigadores a Ellis Island. Las pruebas de Binet trajeron resultados extraordinarios: el 83% de los judíos, el 87% de rusos, el 80% de húngaros y el 79% de italianos eran retrasados mentales, o sea, menos inteligentes que un niño de 12 años, límite superior establecido por Goddard. Inclusive él se sintió avergonzado de su éxito. ¿Quién le creería que tres cuartas partes de la población de estos países eran idiotas? Bajó pues sus resultados a 40 ó 50%.
 

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