Los casos de Israel y de Kosovo PII (Última) - Intelecto Hebreo

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04/07/2018
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Los casos de Israel y de Kosovo PII (Última)

4° Lustro Rev. Foro

Los casos de Israel y de Kosovo


(Segunda y última parte)


Por: Nissim Alcabés (Lima, Perú)



¿Existen alternativas pacíficas?
¿Qué cursos de acción alternativos caben cuando dos pueblos de etnia, religión e historia distintos y que conviven en un mismo territorio entran en un periodo de creciente fricción y hasta de violencia? El uso de la fuerza, con su enorme costo en vidas y daños materiales, ha sido el camino tradicional, sea para alcanzar el dominio de una población sobre la otra, sea para expulsarla del territorio, o para exterminarla parcial o totalmente.
El tema de las minorías, sus derechos y su tratamiento, fue ampliamente tratado durante el siglo XIX, que presenció numerosas situaciones impulsadas por los movimientos románticos y nacionalistas. Llama la atención que en los comentarios sobre la situación de Kosovo, y antes en Bosnia y Herzegovina, no se haya hecho mayor referencia a ello, aunque recientemente los miembros del Concilio de Europa han suscrito un Convenio Marco para la Protección de las Minorías Nacionales.
Un primer camino, ha sido el de reconocer, proteger y garantizar el derecho de las poblaciones minoritarias, a fin de evitar los excesos de la población dominante, posibilitando la convivencia pacífica en el mismo territorio. En la medida que los pueblos y los gobiernos tengan la voluntad -y la práctica- de cumplir sus leyes o acatar los tratados internacionales que suscriben, podría ser un camino aceptable y hasta deseable, pues impone costos mínimos. Pero la experiencia no ha sido positiva. Dos pueblos que conviven pueden mantenerse en paz sea por temor a la autoridad o por la percepción de conveniencia en el acatamiento de la ley o en la satisfacción de las expectativas del sector dominante. En la Yugoslavia de Tito, las leyes impusieron sin duda el respeto a las diversas características nacionales de las poblaciones integrantes del estado, y el régimen imperante tuvo la fuerza para hacerlas cumplir. Pero al desaparecer el líder y con él tal voluntad y capacidad de cumplimiento, afloraron las animadversiones reprimidas o se impulsaron acciones discriminatorias. La posible reacción adversa de la opinión internacional no frenó a los serbios bajo Milosevic.
En Israel, país democrático y con plena vigencia de las libertades, en el territorio enmarcado en las fronteras vigentes entre 1948 y 1967, los pobladores árabes conviven pacíficamente con la población judía ya más de cincuenta años, gozando de plenos derechos ciudadanos.
En el territorio de Palestina bajo ocupación desde 1917 y luego bajo mandato de la Gran Bretaña, los anhelos nacionalistas árabes se sintieron frustrados por los acuerdos siguientes a la Primera Guerra Mundial, y junto con otros factores -como por ejemplo, el hecho que los inmigrantes judíos significaban un estilo de vida distinto, con libertad y progreso, que contrariaba los intereses de los latifundistas locales -dieron lugar a continuada fricción con la población judía, fricción que en ciertos períodos alcanzó elevados grados de violencia: los pogromos de 1920, 1929, 1936, 1939, la matanza de la comunidad en Hebrón, entre otros. La potencia mandataria fue sumamente tibia en prevenir, reprimir y sancionar tal violencia. Más bien, fue drástica con las organizaciones de autodefensa judía. Hizo muy poco para fomentar la convivencia pacífica entre judíos y árabes.
Un segundo camino ha sido el establecimiento de mecanismos jurídico-políticos que permitan la participación democrática de dos poblaciones de un territorio en su gobierno, con el reconocimiento explícito de los derechos que asisten a la minoría y los límites que restringen a la mayoría. Este camino, como el anterior, reposa en la voluntad del gobierno y los pueblos en la solidez de sus instituciones políticas, factores todos ellos sujetos a cambio. Los arreglos que existieron en Líbano entre los segmentos cristianos y musulmanes de su población tuvieron relativa larga vigencia, hasta que el cambio del balance demográfico y el influjo de refugiados árabes desde Palestina, así como las acciones de las organizaciones terroristas, desembocaron en una cruenta guerra civil.
Un planteamiento semejante existió durante la Palestina del mandato, cuando un pequeño sector del yishuv propugnaba como meta el establecimiento de un estado binacional. Indu las caracteísticas de la sociedad, cul e instituciones árabes hacían tal planteamiento totalmente inviable. Los hechos demuestran, una y otra vez, que las sociedades árabes buscan para sus países total unidad étnica y religiosa y rechazan la presencia de poblaciones distintas. Así, Arabia Saudita no admite residentes judíos. Países árabes que han tenido significativa y muy antigua población judía la han hostilizado desde la creación del Estado de Israel, forzando su emigración -principalmente a Israel- y sometiendo a los que optaron por permanecer en ellos a enormes restricciones y vejámenes: los casos de Siria, Irak e Irán, entre otros.
Un tercer camino podría ser el intercambio de poblaciones dentro del territorio del mismo estado, asignando un segmento a cada una para que radique en él la de una sola nacionalidad. Los pobladores que deban dejar su ámbito tradicional de residencia enfrentan costos sociales, sicológicos y económicos grandes por lo que es doloroso y difícil aceptar hacerlo y, luego, adaptarse a un nuevo entorno. Se abandonarían recuerdos personales y familiares, las tumbas de los antepasados, los paisajes habituales; pero se ganaría paz y tranquilidad al eliminar una convivencia conflictiva. Habría problemas económicos de difícil tratamiento: la determinación del territorio a asignar, la distribución equitativa de riquezas naturales y potencial económico, la valuación de las propiedades individuales o familiares, el costo de la logística del movimiento de poblaciones. Quizá la dificultad más grande es que las poblaciones mismas perciban la necesidad y conveniencia de tal intercambio. Probablemente esto sólo sucedería una vez producidas las primeras manifestaciones de violencia. La presión internacional, basada en el conocimiento de la historia de tales poblaciones, y el apoyo económico que se ofrezca, podría facilitar este curso de acción. Los albano-kosovares y los serbios han venido conviviendo en el mismo territorio. Perdidas las bases de convivencia pacífica podría haberse planteado este camino desde un principio -aplicando fuerte presión sobre Yugoslavia, estado que ejerce la soberanía. Pero las actitudes políticas basadas en los conceptos de soberanía de los estados y de no intervención en sus asuntos internos, profundamente arraigados en la comunidad internacional, son un obstáculo enorme, pese al elevado costo humano que su observación acarrea, por los precedentes que puede sentar. En la historia encontramos que más bien se ha forzado migraciones dentro del territorio del estado. El caso de traslado de poblaciones a Siberia, en la Unión Soviética.


Un cuarto camino, tratándose de un territorio cuya pertenencia a un estado es indiscutible pero cuya población tiene raíces nacionales tanto en el país como en otro distinto, podría ser el intercambio de poblaciones. Aquí se darían los mismos costos sociales, sicológicos y económicos anotados en el caso anterior. Existe un antecedente no lejano. En 1923, Turquía y Grecia acordaron el intercambio de poblaciones. La presencia griega en la península de Anatolia era muy antigua, por lo menos desde la invasión por Alejandro el Grande, de Macedonia. Como resultado de tal intercambio, 300,000 griegos dejaron Turquía y 400,000 turcos dejaron Grecia, eliminando un poderoso factor de fricción al interior de cada uno de los dos países, aunque no lo eliminaron totalmente entre ambos -como se reflejó en Chipre en tiempos recientes. El reconocimiento político y el conocimiento generalizado de este camino facilitarían su adopción, mejor aún si se cuenta con presión internacional y apoyo económico para ello.
Un quinto camino es la división del territorio entre las dos poblaciones que lo habitan, asumiendo cada una el gobierno de sí misma. En la medida que las poblaciones se encuentren concentradas en una área geográfica continua, y ninguna de ella tenga afinidad étnica, cultural o religiosa con países limítrofes, el problema es fundamentalmente político y de seguridad. Depende de que una parte acepte la división del territorio a cambio de evitar los problemas de gobernar la población dominante a una población minoritaria hostil, sin menoscabar la seguridad de su propio territorio. Cuando una de las poblaciones si tiene afinidad con la de países vecinos, la posibilidad de su incorporación a alguno de ellos incrementa los riesgos para la seguridad de la otra población. Pero también existe un factor económico a considerar muy importante; la viabilidad económica de cada segmento del territorio, sus recursos, la interdependencia económica que exista entre los dos segmentos. Este camino es el que la comunidad internacional ha venido tratando de imponer a Israel, con graves riesgos para su seguridad debido a que la población árabe en el territorio de lo que fue Palestina se ha considerado tradicionalmente integrante de la nación árabe que abarca a los estados limítrofes y otros de la región. De un "pueblo palestino" se ha hablado recién a partir de la década de 1960.
Alternativas pacíficas existen -en teoría. En la práctica, los pueblos de una misma etnia, religión y cultura no son necesariamente monolíticas. En ellos se presentarán diversas tendencias para la solución de sus problemas, lo que hace difícil determinar un curso de acción negociado. La comunidad internacional menos aún es monolítica. Sus integrantes son estados de muy diverso poder, tamaño, intereses geopolíticos y económicos. Muy fácilmente se les puede ver adoptando posiciones diametralmente opuestas frente a las situaciones tratadas, así como posiciones distintas ante casos similares. Sólo cuando un grupo de ellos, que signifique una conjunción de poder abrumador frente a otros grupos, puede persuadir -o imponer- la adopción de una vía relativamente pacífica. Pero aun así, pueden incurrir en errores graves y costosos, como lo estamos presenciando en estos días. Contar con la sensatez y la buena voluntad de los pueblos resulta, lamentablemente, utópico. Aún no hemos aprendido a resolver nuestras diferencias o conflictos con la razón y no con la fuerza, pese a las dolorosas experiencias que ha acumulado la humanidad en su historia. Aunque esto resulta una visión pesimista, no queda otro camino que tratar de obrar con la razón, guiados por principios éticos universales. En primer lugar, el respeto a la vida y a la dignidad del ser humano, creación Divina.

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