Mendigos y Méndigos - Intelecto Hebreo

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04/07/2018
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Mendigos y Méndigos

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Interpretaciones
 
Mendigos y Méndigos
 
 
Por: Jacobo Königsberg
 
 
Hablemos de mendigos
 
¿con acento en la i o en la e?
 
 
Debo aclarar que si mendigo, es un pordiosero, una persona que vive de la caridad pública, méndigo (con acento en la e) significa, en el habla popular mexicana, malo, abusador, ruin, inmoral y una docena de lindezas por el estilo. Lo cual no impide que existan mendigos, méndigos y millonarios (o no) que también sean muy méndigos.

 
Todo lo anterior a propósito del individuo que se metió a pedir limosna al café Guardatiempos, a pesar del veto de su propietario Mario C, y cuando éste trató de expulsarlo, el mendicante empezó a gemir como un retrasado mental y a clamar que no lo maltrataran porque estaba enfermo. Causando lástima a los parroquianos, entre los cuales no faltó quien pidiera clemencia para el limosnero y quisiera darle una moneda. Pero el dueño no cejó hasta verlo fuera y sin haber recogido ninguna moneda.

 
Mario se apresuró a aclarar la situación, antes de que una granizada de reproches cayera sobre él:
 
-A este desgraciado lo conozco muy bien -dijo- es un vividor y además un psicólogo de primera.

 
Brevemente resumiré sus razones: Lo conoció en una banca pública donde Mario se sentó a reposar de una carrera que hizo para estar en buenas condiciones físicas. No iba vestido con su mejor ropa y el limosnero se sentó a su lado, creyéndolo de condición humilde, le confesó alardeando que él, como mendigo, ganaba mucho dinero, no menos de mil pesos diarios ¡mucho más que un profesionista egresado de la Universidad! Al tiempo que le revelaba su forma de operar, cómo recolectaba y dónde guardaba el dinero, antes y después de la comida (en dos turnos) y, por encima, se burlaba de la bola de imbéciles que le daban monedas y hasta billetes, cuando se acercaba a ellos rengueando y suplicando como un idiota. ¿Por qué le dijo todo esto a Mario?

 
Supongo que porque todos deseamos tener testigos de nuestras hazañas, para provocarles asombro, envidia y sentirnos gratificados por ello. ¿Qué sentido tiene realizar lo que consideramos grandioso sin testigos que lo aprecien?

 
El caso es que el pordiosero no supo con quien se toparía al entrar al café. Sin embargo, ni aún después de haber sido desenmascarado dejó de representar su papel de retrasado mental y enfermo, víctima del destino y de la maldad de los demás, dispuesto a dar lástima. O sea, se portó como un verdadero profesional de la mendicidad, aún en las condiciones más adversas.

 
El Dr. Gerardo D., amigo mío ha observado por largo tiempo desde la ventana de su consultorio, a una señora que encorvada, vestida con sobriedad, como dama de buena familia caída en desgracia, que se acerca a los automovilistas que se detienen cuando el semáforo marca el alto en un cruce de dos avenidas y, con mirada dulce y suplicante extiende la mano y encorvada, apoyada en un bastón, como se espera de una afable ancianita. También la ha observado, erguida y sin bastón, depositando las limosnas ganadas en un banco y bien arreglada, ir de compras a un gran almacén junto con una amiga.

 
Casos hay muchos... cojos con las muletas al hombro, caminando con paso firme lejos de su centro de operación. Por décadas pueden verse los mismos mendigos en ciertas calles importantes del centro de la ciudad, de las que ya son parte integral del paisaje urbano, frente a las iglesias o en aceras y esquinas muy transitadas.

 
Dos viejas estuvieron mendigando en Madero por años, hasta que se les agotaron las fuerzas o la existencia. Una ciega y la otra lisiada sin piernas y de ambas se decía que poseían fortunas. Ambas eran llevadas al centro en coche. De la lisiada se contaba que tenía una flotilla de taxis manejada por sus hijos.

 
Son legendarias las “Marías”, indígenas que por tradición (de siglos) se dedican a pedir en las calles, de las que se dice que cambian sus monedas por billetes, los que cosen en sus enaguas y los descosen cuando los depositan en el banco de su pueblo.

 
¿Cuánto hay de leyenda y cuánto hay de verdad en esto? No hay datos comprobables. Y a falta de éstos surgen las conjeturas respaldadas por la lógica: puede asegurarse que, como en todo negocio hay ciertas calles o zonas más cotizadas que otras. Las más productivas deben ser más codiciadas que las que no reditúan. Debe haber una lucha por las mejores. ¿Cómo y quién asigna los territorios? ¿Cómo es la apropiación de éstos? ¿Hay amagos, lucha, violencia? ¿Se paga protección? ¿Se comparten utilidades? ¿Hay que dar mordida al policía de punto? ¿Hay algún funcionario que permita o solape la mendicidad? ¿En caso de existir, a qué nivel se encuentra, cuánto percibe? ¿Existe realmente la legendaria «corte de los milagros»? ¿Hay capos, recaudadores y golpeadores?

 
En la esquina de 5 de Mayo y Zócalo, vi a un niño que tocaba magistralmente la ocarina acompañado de su madre que parecía una buena ama de casa. La forma de tocar del muchachito atrajo la atención de los transeúntes, que lo premiaron con una buena cantidad de monedas. El asombro y el alborozo se reflejaban en el rostro sonrojado de la madre al ver tanto dinero. Ambos fueron prontamente retirados. ¿No supieron cómo y con quién «negociar»? ¿Les faltó el apoyo y el padrinazgo conveniente?

 
En el pedir está el dar. Todos pedimos. Pedir es un arte que no todos dominamos. -No sabes como pedir- me decía un colega al oírme lamentarme. Dominan el arte de pedir quienes poseen el talento, como en todo arte. Quizás no se trata de pedir sólo a los transeúntes, quizás hay que pedir a las «instancias superiores» y eso hay que saber cómo. Pasar de mendigo a méndigo, eso es lo que cuenta.

 
Ahora un caso estrictamente histórico. El padre de mi fraterno amigo Rafael H. poseía una vecindad por la Lagunilla. La propiedad estaba vieja, en malas condiciones y no redituaba por las bajas rentas. En un cuarto, el más mísero y apartado, vivía un limosnero que pagaba muy mal la renta y al que los demás inquilinos ayudaban y le daban las sobras de la comida. El mendigo murió encerrado en su vivienda y al cabo de unos días empezó apestar, por lo que los vecinos llamaron a la policía que forzó la puerta y sacó el cadáver. Rafael siendo un muchacho, acudió a la diligencia en lugar de su padre y, como no había en la habitación más que un viejo colchón en el piso y unos trapos viejos, no hubo ninguna reclamación por las pertenencias y al adolescente se limitó a cerrar el cuarto, poniéndole un candado, aunque en la penumbra le pareció haber visto un billete asomado bajo el colchón.

 
Regresó varios días después, movió colchón y bajo él había una trampa cubierta con una tabla. Al destaparla encontró un agujero lleno de billetes. Avisó a su padre y ambos acompañado de una tercera persona, sacaron sigilosamente los billetes en bolsas grandes de mandado. Con ese dinero negociaron con los inquilinos la desocupación de la propiedad y les alcanzó para concluir la obra negra y demás.

 
Moralejas: nadie sabe para quien trabaja. Una cosa es juntar el dinero y otra gastarlo. Hay mendigos ricos y tan méndigos como lo puede ser un rico que vive como mendigo.
 
La mendicidad es una forma de ganarse la vida y sobrevivir en la jungla urbana y, como cualquier otra, requiere trabajo, constancia y arte. Como en otras actividades que tratan con gente hay que ser buen psicólogo además de tener talento, ser buen actor adoptando un papel, un disfraz y un tono de acuerdo a su personalidad y además, tener buena suerte para encontrar a las personas que sin saber por qué, soltamos una moneda cuando nos piden.

 
P.S. La película «Que Dios se lo pague», con Arturo de Córdoba, sobre la doble vida de un mendigo millonario, tiene una pizca de verosimilitud.

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