Mujeres frente al Tribunal de la Inquisición - Intelecto Hebreo

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04/07/2018
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Mujeres frente al Tribunal de la Inquisición

4° Lustro Rev. Foro

Mujeres frente al Tribunal de la Inquisición
(Perfil de tres judeo-conversas de Ciudad Real)


Por: José Brito (Tenerife, Esp.)

No creo que exista ningún período histórico en la martirizada "piel de toro" -léase España- tan dramáticamente obscurantista y nefasto -desde cualquier punto de vista-, como cuando se creó y entró en funcionamiento el tribunal de la Inquisición.
Sería del todo imposible enumerar la secuela de horrores que dejó tras sí esta institución creada para velar, según su carta fundacional, por la "limpieza de la fe". De hecho, aunque fuera una institución creada por y para el Estado, nunca perdió su sentido eminentemente religioso. No es menos cierto, que en aquellos momentos estado y religión eran una misma cosa. Isabel la Católica -para algunos la Caótica- siempre se rodeó de clérigos y demás gente de Iglesia que, de una u otra manera, le señalaron, de forma clara y precisa, el camino a seguir: los intereses del Estado y los de la sagrada Iglesia católica eran los mismos. No había frontera ni parcelación posible.
De todos es sabido que una de las principales causas de que se creara un Tribunal inquisitorial en España fue la necesidad de separar definitivamente a los conversos de judío de los judíos propiamente dichos, es decir, de aquellos que aún no habían aceptado ser bautizados y vivían declaradamente como tales. Su influencia sobre los conversos, al vivir muchas veces juntos en la misma vecindad, era considerada por la Iglesia como "perniciosa y poco recomendable" ya que continuamente tenían la posibilidad de "volver a caer en el pecado de herejía". Por esta razón se impuso una segregación total de todos aquellos que vivían abiertamente como judíos.
De acuerdo a los inquisidores, una de las zonas de España donde la herejía se hacía sentir con más fuerza era Andalucía. En esto llevaban razón, la población conversa de Andalucía, especialmente en Sevilla, era tan abundante que a la llegada de los inquisidores a esa ciudad el terror fue generalizado y la huida masiva. Al referirme anteriormente a la población conversa de la ciudad de Sevilla, me refería, lógicamente, a los conversos que, en secreto, judaizaban.
El primer tribunal de la Inquisición que se estableció en España lo hizo en Sevilla, en el año de 1481. Al principio, los dos inquisidores nombrados por los reyes, simples frailes dominicos, publicaron un edicto por medio del cual ordenaban a la nobleza de más alto rango de Andalucía y a los municipios de los alrededores que les entregaran los conversos que habían huido de Sevilla refugiándose bajo su protección.
Dado que las prácticas judaicas entre los conversos -mejor criptojudíos- sevillanos estaban fuertemente arraigadas, el Tribunal inquisitorial actuó con saña y rigor manifiestos. Era necesario dar un escarmiento generalizado. Tras prender y juzgar sumariamente a los detenidos, a muchos de ellos se les condenó a ser "relajados", es decir, a ser quemados, mientras que a otros se les "reconcilió" con la Iglesia imponiéndoles determinadas penitencias públicas.
Desgraciadamente, no se ha conservado la documentación de este primer tribunal de la Inquisición, pero dado que solamente en las primeras semanas de existencia quemaron en una sola sesión a seis hombres y mujeres y algunos días después a otros tres, es innecesario decir que los inquisidores, en sus comienzos, se "emplearon a fondo".
Quizás, uno de los testimonios más reales de aquellos terribles momentos, nos llegue de la mano de Andrés Bernáldez, historiador y cura andaluz, quien, seguramente, vio los documentos de la Inquisición. Este personaje, a raíz de sus comentarios, no tenía que ser muy afecto a la causa hebrea y, por ejemplo, nos cuenta con la mayor de las satisfacciones que entre los años 1481 y 1488 los inquisidores de Sevilla quemaron a más de setecientos hombres y mujeres y reconciliaron con la Iglesia a más de cinco mil mediante diversas penas. Acerca de estos reconciliados es necesario indicar que, en su inmensa mayoría, se "arrepentían" para poder seguir practicando, como antes lo hicieran, y en secreto, los preceptos del judaísmo.
Parafraseando al cura Bernáldez: "La Inquisición se creó para quemar esta fe y sus abanderados. El fuego está encendido y quemará hasta que non quede ninguno".
(¡¡¡Viva la tolerancia y la coexistencia pacífica!!!)
De acuerdo al prestigioso historiador del judaísmo hispano, Yitzhak Baer, el año de 1483 marca un nuevo hito en el proceso de eliminación del judaísmo en España, ya que en el mes de enero de ese mismo año, ordenaban los inquisidores la expulsión de los judíos del arzobispado de Sevilla y del obispado de Córdoba, prácticamente de toda la Andalucía cristiana. Al igual que con los documentos de este primer período inquisitorial, tampoco se conserva el texto de esta orden aunque sabemos de forma manifiesta que existió porque en el edicto de Expulsión general de 1492 se menciona esta orden de expulsión parcial, observando, además, que se había promulgado debido al convencimiento de que sólo había un medio capaz de anular la influencia judía sobre los conversos, y éste era la expulsión.
Desde mi punto de vista personal, creo que simplemente se trató de un ensayo para lo que después vendría, es decir, la expulsión general de Sefarad. En pocas palabras: La idea de expulsar a los hebreos de España ya había tomado forma y estaba en estudio desde 1483.
El plazo que se dio a los judíos para salir de Andalucía fue de un mes. Dicho plazo se cumplió el 31 de julio de 1492 (7 de Ab del año judío 5252). Sabemos además que durante 1483, los judíos abandonaron totalmente la ciudad de Sevilla.
En la segunda mitad de ese fatídico año de 1483, también se estableció un tribunal inquisitorial especial en Ciudad Real, que era una pequeña y floreciente localidad, estratégicamente situada entre Andalucía y Castilla. De acuerdo a los inquisidores, eran insistentes los rumores de que en esa ciudad había muchos cristianos que lo eran sólo de nombre y que cumplían los preceptos de la religión judía. En realidad, y de acuerdo a la opinión expresada por el profesor Dr. Haim Beinart, el tribunal de Ciudad Real se creó sólo como precedente del que había de funcionar más tarde en Toledo. Muy poderosas razones tuvo que tener Torquemada para establecer en una población de mediana importancia el tribunal central de Castilla. Posiblemente, su idea fue instalarlo en la cercana e importante ciudad de Toledo, pero, muy probablemente, los influyentes y poderosos conversos de esta ciudad impidieron que se aposentara allí un tribunal inquisitorial. En realidad, lo que se pretendía al instalarlo en Ciudad Real era ver la reacción popular en una localidad situada a escasos setenta kilómetros de Toledo. También, era muy importante comprobar la disposición de la población a colaborar para extirpar las prácticas judaizantes de los conversos.
A diferencia de Andalucía donde, desgraciadamente, no quedó constancia escrita de la actuación del primer tribunal instalado por la Inquisición, del creado en Ciudad Real nos ha llegado, afortunadamente, completa información documental de los primeros procesos inquisitoriales allí celebrados. En esta localidad, al igual que en Sevilla, los inquisidores entraron "a saco".
De acuerdo a la documentación estudiada y siempre en cumplimiento del procedimiento inquisitorial, el tribunal empezó su destructiva tarea con cierta y estudiada "clemencia": publicó un Edicto de Gracia por treinta días que, posteriormente, fue prorrogado por otros treinta. Durante este período de Gracia, todos aquellos que abjurasen ante el tribunal y cuyas confesiones fueran aceptadas serían perdonados y no se les juzgaría por herejes.
De acuerdo al Prof. Haim Beinart, la Inquisición comenzó su actividad procesal en Ciudad Real el 14 de noviembre de 1483, mientras que Yitzhak Baer nos indica que el primer auto de fe público celebrado en dicha villa fue el 16 de noviembre del mismo año y que en él no hubo ningún "relajado", tan sólo fue una solemne abjuración de los conversos. Sin embargo, y siempre siguiendo las fuentes consultadas por el Prof. Baer, en el mes de febrero de 1484, se quemaron vivas treinta y cuatro personas.
No resulta difícil imaginar la sensación de terror e inseguridad que tendrían que haber sentido todos los conversos radicados en Ciudad Real, sensación que se vería acrecentada por el hecho de ser su situación extraordinariamente vulnerable a calumnias y odios de cualquiera que quisiera declarar contra ellos. (Si bien, no es menos cierto que una de las obligaciones que tenía el Tribunal era diferenciar los testimonios veraces del perjurio y la calumnia). Aunque la Inquisición prometía que el testimonio prestado ante ella por cualquier acusador se mantendría en secreto, en lugares relativamente pequeños, como era por aquel entonces Ciudad Real, y donde casi todo el mundo se conocía, no tardó en ser del dominio público quien se presentaba ante el tribunal a prestar declaración.
Hubo, sin embargo, entre el conjunto de conversos asentados en Ciudad Real, un grupo que, desde el principio de mi modesta investigación sobre este tema, llamó poderosamente mi atención, me refiero a las mujeres que, de forma clandestina y al igual que los hombres -y a veces superándoles-, intentaban guardar tantas misvot como les era posible en un medio totalmente hostil y amenazante.

















Dado el obligado reducido espacio de la revista -se hace necesario pensar en las demás colaboraciones- y abusando, cada día más, de la condescendencia de mi buen amigo y director Don Jacobo Contente, expondré, solamente, tres casos de féminas que pese a vivir, como he dicho anteriormente, en unas circunstancias totalmente adversas, supieron mantenerse firmes en su fe ancestral aún a costa de perder, como en uno de los casos que más adelante veremos, la vida.
Las dos primeras eran hermanas y se llamaban, respectivamente, María Díaz, apodada la Cerera, y Leonor Díaz. Ambas eran famosas entre los conversos de Ciudad Real por su ejemplar vida judía. Sin embargo, María Díaz era la más destacada de las dos.
El proceso de María Díaz fue uno de los primeros que celebró el Tribunal inquisitorial de Ciudad Real. En los libros de la Inquisición se la menciona como una mujer de extremo dinamismo y de la cual se decía que había hecho mucho por fomentar el judaísmo. El respeto y admiración que inspiraba entre la población conversa de Ciudad Real era tal que éstos solían colocarla a la cabecera de la mesa durante el Seder de Pésaj. Se sentía tan compenetrada con sus creencias que en 1460 intentó emigrar a Constantinopla para tener allí una existencia totalmente judía.
El carácter genuinamente judío de María Díaz lo podemos imaginar a través del testimonio prestado por varios testigos durante su proceso. Uno de ellos indicó que había sumergido ritualmente en agua (tevilá) a una joven conversa antes de contraer matrimonio. Otro dijo que celebraba las festividades judías de acuerdo al ritual señalado y que en Sucot vivía disimuladamente en una cabaña hecha en el patio de su casa durante siete días. Según parece, su conocimiento de las leyes mosaicas era extraordinario y eran muchos los conversos que tocaban a la puerta de su casa a efectos de instruirse y de cómo cumplir las misvot. Un tercer testigo incluso declaró que tenía un nombre judío y que se hacía llamar por él. No cabe duda que su identificación con sus correligionarios hebreos era total.
María Díaz huyó, posiblemente a Portugal, unos quince días antes de la llegada del Tribunal inquisitorial a Ciudad Real. Como bien dice el Prof. Haim Beinart: "Podemos considerarla, con toda justicia, una mujer honesta cuya vida entera estuvo consagrada al judaísmo. Soportó la prueba y se mantuvo firme en su fe judía cuando decidió emigrar y salió hacia un destino desconocido."
Al igual que su hermana María Díaz, Leonor González también huyó del tenor inquisitorial a Portugal. Al conocer de su comportamiento totalmente judío, la Inquisición inició un proceso en su contra. Afortunadamente para ella, consiguió huir antes de que la prendieran. El día 24 de febrero de 1484 fue quemada públicamente en efigie.
El caso de Leonor González es particularmente escalofriante por lo que tiene de trágico. Tiempo después de haberla quemado en efigie, el Tribunal inquisitorial permitió que Juan de la Sierra, uno de los hijos de Leonor, se traslade a Portugal para convencerla de que regresara. El hijo consiguió su propósito y la trajo de vuelta. Nuevamente fue juzgada por prófuga y contumaz y, finalmente, condenada a la hoguera. Murió en Toledo en el año de la Expulsión general de Sefarad.
Sin ánimo de hacer comparaciones entre estas mujeres que, sin lugar a dudas, todas y cada una de ellas sufrieron penalidades sin cuento por el simple hecho de querer permanecer fieles a una fe determinada y a unos principios, la prueba que le tocó en suerte a Leonor González supera, con mucho, la cuota de sufrimiento, alcanzada por el resto de sus correligionarias, ya que fue su propio hijo -sangre de su sangre-, quien, como se ha visto, se trasladó a Portugal decidido a convencerla a que regresará con él para presentarse ante el Tribunal.
Llegado a este punto, y en vista de la villanía anterior, cometida directamente por un hijo contra su madre, creo que se hace necesaria una profunda reflexión. ¿Qué pudo mover a unos hijos a declarar en contra de sus propios padres ante el tribunal de la Inquisición?, ¿Qué tipo de promesas se les hacía a éstos para que dieran semejante paso?, ¿Hasta qué punto se les llegaba a convencer de que estaban haciendo lo correcto? No es nada fácil el contestar a todas estas preguntas porque ello implicaría el intentar penetrar en unas mentes que, en la mayoría de las veces, estaban dominadas por el terror, unas mentes que fácilmente se sometían a los dictados y requerimientos -no importa la bajeza que se cometiera- de sus verdugos, con el único fin de no seguir el mismo cruel destino de sus progenitores. Sin duda alguna, la Inquisición rompió los lazos de convivencia y unidad  frente a factores hostiles externos que siempre han caracterizado al núcleo familiar judío, aunque, técnicamente, no se pudiera hablar ya de judíos en sí, sino de conversos que habiendo abjurado oficialmente de su fe, seguían manteniendo, en secreto, un sistema de vida totalmente judío.


A los hijos se les sometió a una durísima prueba: Si, efectivamente, era fieles cristianos, tendrían que colaborar, de forma ineludible, en la "salvación" de las almas de sus padres. Esta tremenda encrucijada tenía un doble significado, por una parte, existía el deber de denunciarlos ante el tribunal de la Inquisición por prácticas heréticas contra el cristianismo, y, por la otra, la tácita asunción de ser largamente estigmatizados y públicamente señalados como hijos de conversos condenados. Era la prueba suprema de su total identificación con el nuevo credo que "libremente" y de forma "espontánea" habían aceptado.
Para terminar con este breve, pero intenso, repaso acerca de las conversas de Ciudad Real, me referiré a Catalina de Zamora quien, a diferencia de Leonor González, no fue "relajada" porque el tribunal inquisitorial no encontró indicios suficientes de su culpabilidad. En su caso personal, se contentaron solamente con condenarla a las penas de azotes y destierro de la ciudad.
Catalina de Zamora, de acuerdo a los documentos de la época que intentan plasmar su carácter, tenía una personalidad compleja. Compareció ante el Tribunal y se declaró culpable de herejía. No obstante su confesión, la Inquisición consideró que su arrepentimiento no era sincero y decidió procesarla. Sin embargo, y aunque resulte paradójico, no fue juzgada por intentar cumplir, en secreto, con la ley de Moisés, sino por los insultos que había proferido contra la Iglesia, la Inquisición, María y Jesús. Los muchos testigos que presentó a su favor así como la táctica que adoptó su defensa, quizás fueran las claves de que no muriera en la hoguera. Como buena cripto-judía, tomaba parte activa en actos de caridad de marcado acento cristiano, aparte de esto asistía regularmente a misas, sermones y oraciones, era de confesión frecuente y, para terminar de cubrir apariencias, tenía un hijo fraile. Como se verá, la conducta de Catalina de Zamora cumplía, en todos los sentidos, con el clásico patrón atribuido al converso que judaizaba.
En contraposición, durante su proceso, la acusación argumentó que había vivido como judía, que despreciaba el cristianismo y, lo más grave, se burlaba de la Inquisición afirmando que el único fin que perseguía dicha institución al actuar en contra de los conversos era privarlos de sus propiedades y de cuanto de valor poseían.
Examinando detenidamente los casos de Leonor González y Catalina de Zamora, vemos que existe un punto de coincidencia entre ambas: Un hijo ferozmente enfrentado a la madre.
En el particular caso de Catalina de Zamora, fue su propio hijo, el fraile, quien demostró mayor saña y hostilidad contra su propia madre. Su encono llegó a tales extremos que prometió solemnemente hacer todo lo posible por que la quemaran cuando llegara la Inquisición. Veamos el texto, tal y como lo tomó el Prof. Haim Beinart de los libros del tribunal inquisitorial de Ciudad Real, de la declaración del hijo en relación a su madre:
"…doña puta vieja si los inquisidores aqui vienen yo vos fare quemar."
Más adelante, en una de las declaraciones de los testigos aportados por la acusación, de nombre Catalina Fernández, nuevamente encontramos un párrafo, en relación a la conducta del hijo hacia su madre, que no tiene desperdicio:
"…yo vos fare quemar a vos e a vuestras hermanas por judias e a vuestra madre yo fare sacar los huesos e quemarlos, que era judia."
Como ya he intentado explicar en un apartado anterior de este mismo artículo, en este tipo de actitudes se ve perfectamente reflejado el enfrentamiento y el odio mutuo y manifiesto que, por lo que parece y siempre de acuerdo a los documentos estudiados, era la tónica común entre familias conversas cuando uno o varios de sus miembros judaizaban. Odio y enfrentamiento, en cierta medida, explicables, porque en su vertiginosa "caída" aquellos que judaizaban podían "arrastrar" al resto de la familia hasta los lóbregos calabozos de la Inquisición, a donde, por cierto, se entraba con pasmosa facilidad, en tanto que la salida era tremendamente problemática.
Ya, para terminar, y a la vista de todo lo narrado anteriormente, significar que la lista de las conversas juzgadas por el tribunal inquisitorial de Ciudad Real es larga y que aunque cada caso tenía su propia particularidad, hay un factor que los hace a todos ellos coincidentes y es la forma en que estas mujeres intentaron (en su inmensa mayoría, lo consiguieron) preservar una forma de vida eminentemente judía, observando y cumpliendo tantas misvot como pudieran y participando, junto con sus maridos, en la práctica del judaísmo. Indudablemente, su inmensa devoción y sublime espíritu de sacrificio merecen el más alto honor y reconocimiento.


Bibliografía:
= Los Conversos ante el Tribunal de la Inquisición. Haim Beinart. 1983
= Historia de los Judíos en la España cristiana. Yitzhak Baer. 1981
= Los Judíos en España. Haim Beinart. 1.993
= La expulsión de los Judíos de España. Luis Suárez, 1994
= Los judeo-conversos en la España Moderna. Antonio Domínguez Ortiz. 1993



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