Recuerdos - Intelecto Hebreo

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04/07/2018
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Recuerdos

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Recuerdos
 
Por: Sara Krongold z'l
 
Esta colaboración post-morten de nuestra querida colaboradora, nos fue entregada por su hija Lea. Mediante este corto relato de su niñez, Sarita plasma las vicisitudes -de todos conocidas- de la forma de vida -entre las dos grandes conflagraciones mundiales- de familias judías en aquella Polonia, y en su caso en especial, de los inconvenientes religiosos y comunales que se toparon al emigrar a otro país, como el México de los años 30 s.
Nací en Bialystok, Polonia después de la Primera Guerra Mundial entre 1919 y el 20. Nunca tuve un acta de nacimiento, porque en aquel entonces no se estilaba hacerlo por el civil. Puede ser que haya quedado un registro de tipo religioso... ¿pero dónde quedaría después de dos guerras mundiales y un Holocausto?... en realidad muchos, muchos años han pasado.
Éramos tres hermanas (Sara, Guitl y Frida), después -todavía en Polonia- vino nuestro hermano Jaime, nacido en los '30, y posteriormente Jacobo, en los años 50's en la ciudad de Torreón, Coahuila. Mis cuatro abuelos también vivieron en Polonia, en distintas pero cercanas poblaciones. Contábamos con mucha familia; nuestros tíos y tías, tenían todos una profesión, pero en un abrir y cerrar de ojos, a todos ellos se los llevó Hitler a los ghettos de Varsovia y Bialystok. Afortunadamente nuestros abuelos paternos no vieron tal destrucción, pues murieron poco antes.
De acuerdo a un libro que escribió en yiddish un señor de la población de Sokoly, llamado Jaim Yehudl Goldberg que se salvó de la tragedia y que ahora vive en Melbourne, Australia, mi abuelo materno fue quemado vivo por los nazis, cuando entraron a dicha población. Tuve acceso a esa información, gracia a una prima que vive en Houston, Texas que es abogada y se ocupa de nuestra genealogía.
Bialystok, que yo recuerde, era una ciudad bonita en el norte de Polonia, cerca de la frontera rusa. Fuera de la ciudad había unos bosques de pinos que todavía percibo su delicioso olor. En verano íbamos a recoger «yagdes» silvestres, equivalentes creo, a blueberries silvestres. Antes de emigrar a América cursé el primer año de primaria en una escuela llamada «Tajkimoine», que en realidad nunca he sabido que significa ese nombre, pero sé que era religiosa, aunque no fanática, más bien moderada. Había convivencia con los maestros fuera de la escuela y se hacían invitaciones a casa para tomar el té, jugar y convivir.
La vida en nuestra casa era estricta y religiosa. A mí me mandaban de vacaciones al pueblo donde vivían mis abuelos maternos. Me enviaron una o dos veces. Congeniaba mejor con mi tía Rifke (la hija más joven de mis abuelos); con mi abuelo conviví mayormente, pues mi abuela Zlate, que era muy trabajadora y muy lista, siempre estaba ocupada, pues era buena para la repostería y recuerdo que nos tejía guantes para el frío sólo para el dedo gordo, de dos vistas, aunque fuera del mismo color de estambre; además hacía fruta seca (manzana, pera, etc.); ponía a marinar pepinos y col en unos barriles en el sótano, ya que ellos tenían una tienda de abarrotes y mercería.
Los muchachos no judíos del pueblo me asustaban con las cabras. Los polacos eran estrictamente católicos. En un rancho muy cerca del pueblo donde vivían los abuelos, fuimos a veranear, notando entre los habitantes católicos un antisemitismo muy marcado, pues aseguraban que nosotros habíamos matado a Jesús. Algunos de ellos hablaban yiddish, pues lo habían aprendido de sus vecinos. Esos fueron mis primeros contactos con el antisemitismo, que pude confirmar hacia mi persona con los mismos dueños de ese rancho en que pasábamos nuestras vacaciones, gracias a un cuarto que mamá les rentaba. Ellos tenían un carromato de madera tirado por uno o dos caballos. En una ocasión supe que viajaban al pueblo donde vivían mis abuelos, y como niña quise ir con ellos; pero enfáticamente y con tono de odio me dijeron: «tú dzidovka (judía, judihuel) no te subes». Así pues que desde niña, no sólo contacté con el antisemitismo polaco, sino que lo empecé a sentir con mucho temor.
No obstante, al menos en Bialystok, la vida judía era muy intensa. Había de todas las facciones: sionistas, religiosas y la de los partidos liberales polacos. Me contaron que una vez mi abuelo Kalmen Yankl, escondió en su casa a una parienta lejana que era comunista -algo muy perseguido y castigado por el gobierno- pero aun sin hacer cosas oficialmente prohibidas, el ambiente para los judíos se sentía muy pesado y no se comparaba con lo que nos platicaban que sucedía en ciudades de países como Dinamarca u Holanda.

Ante tal situación y existiendo varias versiones de tipo social o económico, que no vienen al caso, del por qué los polacos eran tan antisemitas, nosotros tuvimos la oportunidad de viajar con mi madre en dos ocasiones a México, pues nuestro padre había emigrado con antelación para buscar otras opciones. Lamentablemente a mi madre en aquel entonces no le gustaba el país, pues en México no existía una vida judía organizada que facilitara el cumplimiento de muchos preceptos religiosos. Cuando regresamos de la primera visita al país donde más tarde y en definitiva radicaríamos, recuerdo que nos tocó tomar un tren el viernes en la noche para llegar a Bialystok. Con todo y lo religiosa que era nuestra madre, tomamos el tren, porque si nos quedábamos en ese lugar, ella tenía el temor -nada infundado- que fuéramos víctimas de los antisemitas.
El mal trato a los judíos se veía hasta cuando mi papá mandaba desde México un cheque, pues el correo polaco adoptaba una actitud de gran favor hacia nosotros, como si el dinero fuera de él. Hasta el mismo empleado que le entregaba físicamente a mi madre el documento, se sentía como si él fuera el proveedor de nuestro sustento y no nuestro padre; aún recuerdo esos sobres venidos desde América en donde aparecía un sello rojo ostentoso con la figura del águila polaca. Afortunadamente tuvimos suerte de salir antes de la invasión nazi. En aquel entonces -repito antes de los nazis- los mismos extremistas polacos golpeaban ya a judíos en los parques, por lo que las cosas se ponían horribles.
De ese antisemitismo de la preguerra que nosotros vivimos, se explica el hecho del por qué Treblinka, Auschwitz, Bierkenau y Bergen-Belsen fueron los campos de muerte en donde más judíos se exterminaron, todos en suelo polaco; aunque hubo honrosas excepciones de pobladores polacos que si ayudaron a sus vecinos.
Me contaba una persona que hace poco viajó a Polonia, que Bialystok seguía siendo una ciudad bonita, atravesada por el río Vístula, pero que los polacos seguían siendo gente muy cerrada. Me imagino que igual como aparecen en la película Treblinka, que filmó una cineasta judeo-francesa, Lanzmann, sin ninguna escena de horror, pero llena de testimonios de polacos del pueblo de Grabow y de sobrevivientes del infierno; película que mi hija Lea y yo pudimos ver, cuando la sección cultural de la Embajada Francesa la exhibió. Al poco tiempo de haberla visto, hice un comentario que apareció en la revista «Foro» que reflejaba el horror que nosotros sentíamos y que tristemente confirma la repetida historia intolerante y salvaje de Polonia, mi país natal, que desde los tiempos que formaban tribus paganas y que a su vez eran hostilizadas por los paganos germanos, nunca pudieron desprenderse o mitigar sus odios, y que al parecer nunca lo harán.
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